Max Rojas (México, 1940)
EL TURNO DEL AULLANTE
a Lourdes y Antonio Gazol
A mi modo brutal, un poco
manso…
José Martí
I
Lo furioso, lo verdaderamente animal
que me
sostiene, lo que me guarda en pie
con el rencor crecido, esto
como de hueso,
como de dientes que se muerden
después de
haber mascado el polvo,
esto de sangre, esto de grito
ahorcado
como un aullido en la garganta,
esto como un muro,
como un sollozo
largo de noche sin hogueras, lo animal,
lo
verdaderamente huraño que me duele en los ojos.
Dije que el mar es algo así como esa diaria muerte
de
mi cuerpo. Hoy me sale lo bronco
y me revuelvo, hoy me sale lo
herido
y me desgarro —perdón por esta forma
de amargura,
pero es que hoy
de muy dentro me sale lo animal desbocado,
la
verdadera furia que me empuja:
esto de maldecir espinas por la
boca
lo formalmente triste,
lo exactamente amargo como el
llanto.
Ahora me vuelvo y me despido y me regreso.
Voy a
buscar mi sombra entre la sombra,
porque mordí sin tiempo un
corazón de niebla,
y lo bronco,
lo verdaderamente animal
que me sostiene
está dolido.
II
No he podido morir porque empezó a llover anoche,
pero,
a decir verdad, ya no me duele aquello
tanto como entonces, ya
no me tumba tanto el cuerpo
como antes. No he podido llegar,
pero no importa;
han sucedido cosas a todo esto: nacieron
gentes
y vinieron visitas y pasaron tranvías largos como la
noche;
mi único traje se volvió ceniza, mi triste hueco
se
largó a paseo, me atardeció de pronto,
no sé, sin enterarme;
luego empezó a llover y no hubo tiempo,
no hubo manera de
llegar a parte alguna; me encontré
de repente sin memoria, y
olvidé todo aquello que me hería.
Debo decir que era una lluvia oscura la de anoche
(no
sé si me entendáis, quiero decir que era una lluvia
venida de
muy lejos, venida desde abajo de la tarde
como un montón de
niebla sollozante, como un grito;
no sé si me entendáis, era
como mujer que llega a despedirse);
debo decir que era una
lluvia fría la de anoche,
un encontrarse de pronto en un
espejo, llamando a no sé quién
con qué silencio, llamando a
no sé quién con qué alarido.
Debo decir que era una lluvia
hosca la de anoche.
No he podido morir, pero no importa. Me quedan otros
trozos
de pellejo y otros dientes, y a lo mejor mi traje
funeral
no está bien hecho. Olvidé tantas cosas desde
anoche
que olvidé que mi cuerpo estaba roto y ahora está
no
sé dónde, cayéndose de olvido; de esto, a veces,
me acuerdo
con nostalgia: salgo por él gritando
como un loco, y acabo sin
remedio tropezando.
Debo encontrar un cuerpo que me aguante: mi
único traje
se volvió ceniza, y no me queda piel con que ir a
mis entierros.
Para decir verdad, ya no me duele aquello como
antes.
Tengo recuerdos de mujer trozándome los labios, y
ganas
de llegar a alguna parte. No sé si me entendáis:
es
un poco de polvo que me aguarda, un montón de silencio
que me
espera. Traigo recuerdo de mujer crujiéndome
en los huesos y un
hoyo, aquí, que me lastima.
No he podido morir, pero no
importa:
desde anoche me duele el esqueleto,
y eso quiere
decir que estoy llegando.
Han sucedido cosas, a todo esto: murieron gentes y se
fueron
visitas y pasaron noches largas como tranvías y
anocheció
de pronto, no sé, sin enterarme; yo me encontré
metido
en un espejo (debo decir que era una lluvia fría,
decir
que era una lluvia que golpeaba), llamando a no sé quién
con
qué silencio, llamando a no sé quién con qué alarido,
con
qué ganas de llegar a alguna parte.
Ya no me crece yerba en el olvido; me acostumbré, sin
duda,
a tanto oscuro, y a lo mejor mi traje ya está listo:
es
cosa de buscar en los armarios donde mi cuerpo,
a veces, se
refugia.
Podría añadir algunas otras cosas, pero, a decir
verdad,
aquello ya no duele como entonces.
Traigo recuerdos
de mujer siguiéndome los pasos
y un hoyo aquí, bajo la piel,
que no lo aguanto.
1965
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