Tráfico
Cada mañana
ella se detiene a tu lado
en el mismo lugar
frente a mi puesto de periódicos
los dos corriendo al trabajo.
Qué perfectamente sincronizadas deben estar sus mañanas
en tus pies y los de ella
para tocar la misma grieta en la acera
como siempre, justo antes de las 9
cuando abro las cajas de revistas.
Ella a veces trata de atrapar
tu mirada, mientras me entrega el cambio exacto.
Pero tú siempre miras hacia abajo
como si algo vergonzoso
sucediera entre los tres.
En las noches, acostado,
me pregunto quién es ella
mientras la luz de la lámpara fuera de mi ventana
se derrama en la alfombra deshilachada
de mi cuarto amueblado.
Me pregunto si tú alguna vez
acostado, también,
en algún lugar de la ciudad,
piensas en ella.
En la mañana, mientras apilo el Daily News,
tú bajas del autobús
ella sale del metro, portafolio en mano,
y caminan el uno hacia el otro.
Es un ritual entre nosotros.
Le doy el Wall Street Journal,
y a tí el New York Times,
tus pies y los de ella casi se tocan
pero luego se pierden en el tráfico
de nuestras vidas separadas.
Xpuhá
A nuestro único hijo concebimos
en una blanca sábana de arena
junto a un Caribe a tal grado traslúcido
que brillaban los ojos de copos estelares
sobre la superficie de las aguas.
Ya ni siquiera puedo decir el nombre
de esa caleta lejana sin pensar en qué le hicieron
a nuestro lecho de playa, luna, estrellas,
aguamarina y ruinas,
y en qué le hicimos nosotros
a nuestro amor eterno de ese entonces.
Cuando pasé otra vez por esa playa,
dormía en ella un monstruo:
MEGACOMPLEJO TURÍSTICO…
TODO INCLUIDO…
con lo que implica el término:
que esos vacacionistas consentidos
creen que pueden tener lo que tuvimos,
en tanto que lo nuestro
yace ahora arruinado
como los templos mayas que se asoman
al horizonte verde delante de la arena
que dio lugar al Génesis de nuestro hijo.
Me detuve, bajé de mi vehículo,
caminé por el mármol del lobby
para entrar a un complejo de boutiques,
de restaurantes, bares y tiendas de regalos
y atravesar la puerta corrediza
frente al mar.
Una niña tranquila
se bañaba en la alberca construida
justo sobre el lugar
donde nos recostamos
en perfecta armonía
para engendrar de ahí nuestro legado.
Sus padres, desparramados en camastros,
sonriéndose, juntaban las narices
con el mismo cariño
que nosotros sentimos
esa noche remota
cuando nunca habríamos vislumbrado
que un día todo esto
—el lugar y nosotros—
habría cambiado irreversiblemente.
Versiones en español por Fernando de la Cruz y Susana Barradas
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