MUDANZAS
Cuántas veces
mudamos en la vida:
tejido tisular, dientes,
ropas, colchón, amigos,
residencia, trabajo,
amores, menesteres.
Todo, menos una verdad:
el alma siempre es la misma.
Esa claraboya abierta
al misterio de los astros,
por donde a veces
llueve, escampa,
se cuela el rescoldo
vacilante de la tarde
y una polilla revolotea
e insiste se le reciba.
Moradores de paso
por los espejismos de un instante.
Nuestro único dominio
-en este habitáculo
proclive a la ruina-
es la lucerna,
que solemos desconocer
en su invisibilidad salvaje;
que nos trasluce y revela
en la opacidad
del descuido y abandono
de que la hacemos objeto.
Único bien
del que habremos de dar cuenta
en la balanza de la luz,
que menor valor concede
a cuanto más libras
enturbia su transparencia.
Porque a esta vana
tierra de espectros
vinimos solo a olvidar,
aprender a perder,
preservar no más que
el aroma de lo amado.
Despojarnos
de los días,
los afanes, el miedo:
abrir ventanas
y dejarnos partir.
Acaso porque intuimos
que, entre más liviano el peso,
más sencilla habrá de ser
la elevación final para el alma.
E. S.
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