sábado, 4 de diciembre de 2021

María Elena Walsh (Ramos Mejía, Burenos Aires, 1930 - 2011)

 

  




BALADA DE LA ALONDRA PERSUASIVA

 

En otra madrugada,

por vientos de ceniza,

obedecí al latido de la alondra.

El cielo no era cielo todavía.

 

La zona del hornero,

el tiempo de la encina

se inquietaban en lento aprendizaje

y el cielo no era cielo todavía.

 

Hubo un encantamiento

de flor y hierba fina,

un cauteloso antaño de rocío,

y el cielo no era cielo todavía.

 

Septiembre constelado

de dos campanas frías

rodaba por lugares de silencio

y el cielo no era cielo todavía.

 

En clima de obediencia

mi pulso recorría

todo un advenimiento de corolas

y el cielo no era cielo todavía.

 

No regresó conmigo

la alondra persuasiva

porque me desterró de su latido

cuando el cielo fue luz de mediodía.

 

BALADA TRISTE

 

Era el otoño y era la llovizna,

la inicial certidumbre del poniente.

Mis pasos desandaban su tristeza

mientras sobre la tierra conmovida

era el otoño y era la llovizna.

 

En el transcurso de las avenidas

todos los pájaros habían muerto,

y las hojas llovían cautamente

sobre la hierba, cerca de mi sangre,

en el transcurso de las avenidas.

 

¿Qué llanto conocí, qué desconsuelo

bajo los árboles deshabitados?

Cuando en la fuente se reconocía

un cielo de palomas lejanísimas

qué llanto conocí, qué desconsuelo.

 

Oh muros de mi sed, aquellos muros

que no sé si existieron a mi lado;

bebí en ellos soledad de siglos,

luz funeraria, fríos alusivos.

Oh muros de mi sed, aquellos muros.

 

Triste ejercicio el de invadir la niebla

por ámbitos inciertos, declinando.

Atravesé desconocidos puentes

en el amanecer de los faroles.

Triste ejercicio el de invadir la niebla.

 

Todos los pájaros habían muerto

en el transcurso de las avenidas.

Qué llanto conocí, qué desconsuelo:

era el otoño y era la llovizna,

todos los pájaros habían muerto.

 

VANA HISTORIA

 

Si no recuerdo mal, todo cabía

entre los horizontes de un pañuelo.

Entonces figuraba el mediodía

un sol con ojos en mitad del cielo.

 

Y gracias a una tierna hechicería

la noche prodigaba su consuelo

con tanta caridad que uno veía

las estrellas tiradas en el suelo.

 

Pero hoy el agua no lo dice. Es cierto:

ya no se pone un corazón dorado

ni roba añiles a la golondrina.

 

Porque el mundo hechizado está desierto.

Qué dolor, sobre él se ha desatado

el Miedo con sus trapos de neblina.

 

 

(Fuente: La Parada Poética)

 

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