RAZA HUMANA
RAZA HUMANA
No existe el arte por el arte. No hay ni puede haber artistas, escritores, poetas, dramaturgos, directores ni periodistas “libres” que estén por encima de la sociedad. Nadie los necesita.
—el tío Joe Stalin, mecenas de las Artes
No puedes controlar lo que recordarás.
Hoy nieva y la nieve se junta
en las ramas. En un cuarto que da a la calle
dos niñas juegan, sus frases y su risa
se mezclan con el ruido de nuestro vecino
paleando que es mi padre paleando
nieve en nuestra entrada y yo mirando
por la ventana de mi cuarto arriba
del garage el cuerpo danzante de mi padre
haciendo que la pala parezca liviana cuando es pesada
El olor de cebollas fritas y papas hervidas
sube por la escalera. Mi madre
en la mesa de la cocina exprimiendo
un limón sobre la ensalada
el espacio entre sus dientes de pronto
más grande que ayer, y ella dirá a veces
“Llamaré al dentista para ver cuánto costaría
arreglar el espacio” lo que siempre me sorprende
porque no veo nada en ella
que me parezca necesitar arreglo.
Como dice mi hija “no colorees
el gris con rojo porque eres hermosa
mami, no tienes más de 35, ¿no?” Y me
guiña un ojo y ese guiño es sublime,
el Meru de mi mundo. Mientras la sopa de lentejas
hierve a fuego lento leo el discurso de Brodsky por el Nobel,
algo hoy me llevó a él. También leo que Lenin
declaró a su poesía “pornográfica”
y “anti-soviética” y lo envió a un manicomio.
En su juicio de 1964 fue acusado de “parasitismo social”.
Hoy abro los ojos a las 7:40, nuestro gato negro esmoquin, Shai, que significa “obsequio” en hebreo,
está enroscado junto a mi cuerpo, sus ojos seductores
soñolientos ya están llenos de la nieve inminente.
Hundo mi cara en su pelo e inhalo profundamente.
Mis pies tocan la cerámica fría del baño. Orino
y me lavo los dientes. Hoy horneé brownies
sin gluten con dos niñas que revolvían y lamían
el bowl como yo lo hacía cuando mi madre y yo
horneábamos galletas de almendras. Veo sus
fuertes manos moldeando la masa en pequeñas medialunas
y espolvoreándolas con azúcar.
Hoy corregí pruebas, hice la cena, encendí las velas de Hanukkah,
observé a mi esposo palear nieve, esperando que no le diera
un ataque al corazón y diciéndole: “Cuida que no te dé
un ataque al corazón”, le digo mientras se pone en la mano derecha
el único guante de cuero que queda del regalo del año pasado.
“¿Y qué hay con tu otra mano?”, le pregunto mientras
abre la puerta. O no me respondió o no
me acuerdo o fue el viento o la nievo o
las niñas jugando con la Casa de Aventuras de Barbie.
Y más tarde mientras mi hija sueña arriba
yo trabajo abajo como poeta, y por suerte a nadie,
ni siquiera a mis padres perdidos, le importa. Mi padre
se sube a un barco llamado Noemi Julia.
Tiene 19 años, un muchacho de Berlín que ama juguetear
con relojes y radios. En 1939 se sube a un barco
que lo llevará a Chipre con cebollas en su aliento.
Pienso en mi padre mientras corto cebollas. Las niñas tienen hambre y esperan paradas los brownies calientes. Me lloran los ojos.
¿Por qué lloras, mami? ¿Estás triste porque la nieve
se volverá hielo? ¿Estás triste porque Alexandra no puede quedarse a cenar? Las niñas se sientan a la mesa, sus pies
no tocan el suelo. Chocolate en la comisura de sus bocas rosadas.
Se lamen los dedos. “No gracias, sí por favor,
no me gusta la leche”. Vivimos el uno para el otro
o no vivimos. Mi madre murió antes de hacerse
arreglar los dientes. La enterré como hacen los judíos
en un sencillo ataúd de pino. Beso su rostro frío. Digo palabras
en hebreo que no entiendo del todo relacionadas con
Dios, la misericordia, la memoria y la paz. Desde que
cerraron la tapa jamás he vuelto a ser la misma.
Lavo los platos cuando mi hija ya duerme.
Afuera parpadean luces blancas y rojas de Navidad
encendiéndose y apagándose. La nieve cubre las calles
de la ciudad. Mis muertos nunca están lejos de mí.
Joe, este es mi arte por el arte —
las lágrimas de una mujer cortando cebollas,
recordando para el futuro de niñas
y sus pies que cuelgan educados.
En un día común de invierno
con el Dios omnisciente que no está.
……
RECUERDOS DE MADRE, OTRA VEZ
RECUERDOS DE MADRE, OTRA VEZ
a la mañana cuando mi cabeza está pesada de noche y cobija
y murciélagos y de las letras haciendo su striptease detrás de mis ojos cerrados
me lleno de ti, tus ojos entre tigre y avellana danzan frente a mí
y estarás allí todo el día un fragmento del otro mundo
dentro de mí como vive nuestra casa dentro de mí esa otra familia
tan real como una lluvia en un país diferente tan real como un caballo
de un siglo diferente porque aún estamos allí no es así madre
volteando las fichas de Rummikub, dejando hervir el café turco
otra vez antes de verter la espesa infusión oscura en la porcelana.
Qué hace la memoria sino doblarse sobre sí misma — ella también
como una sombra oblicua interrumpida al mediodía en una calle veraniega.
algunos ven auras, mis dones son más modestos: yo huelo tu aroma
como un perro huele la carne asada del festín de un vecino
bajo una carpa en el cul-de-sac a la vuelta de la esquina donde las casas
cuestan más porque hay un jardín y una vista de flores.
Siempre decías sigue la tierra y el agua,
cuando estábamos en la cama mirando y mirando la caja boba,
esa fluorescente maravilla de suspiros y sonidos,
tu cabello color miel recién arreglado firme al contacto cuando mi cara
rozaba sus bordes accidentalmente. La tierra a principios de abril
está llena de flores de cerezo. Mi hija anhela
conocerte. Qué haces le pregunto cuando ella
apoya su mejilla fría contra mi corazón. Escucho
la voz de tu madre, me dice, como si fuera obvio
……
EL TIEMPO DE MI PADRE
Trato de hallar el tiempo de mi padre
dentro de mí. Es difícil.
Su tiempo era Encantado. Un tiempo
de sueño que él conjuraba con sus manos.
Mi padre casi murió allí.
Lo salvó buena gente.
Lo salvó un bote. Heces al costado
del bote, según un testigo ocular.
Lo salvaron cebollas crudas.
Mi padre reía mucho.
Los relojes de nuestra casa
que recogía como niños perdidos
repican y cantan y suenan
y hacen cucú a toda hora.
¿Sabes? Él vive realmente
en el No-Tiempo. Cuando tenía hambre,
comía. ¡Media hogaza de pan italiano
en el camino a casa desde el trabajo!
“Cariño, no tendrás hambre
para cenar”, decía mamá.
Pero él comía la sopa
de hongos, el colirrábano ligeramente salado.
Pedía más. Pedía postre.
“Noch vas?” preguntaba, un tono inocente en su voz.
Para mí, el tiempo encarcela.
Estrecho y estrechándose. Yo estoy buscando
el tiempo de mi padre, los domingos
reunidos en la mesa interminable llena de pasteles
y café turco hecho en la vieja cafetera
que mamá trajo de Israel.
El tiempo me pesa.
¿Qué tiempo es este?
La muerte se saltó una generación.
Él, tan luminoso, yo, tan oscura,
él claridad mezclada con oscuridad humana,
yo oscuridad mezclada con la luz de papá.
Lupa, resortes, mecanismo, balanza.
Regular como un reloj. Se levantaba a las 6. Ducha
y una taza de café liviano y dulce.
Se iba al trabajo. Volvía y se lavaba las manos,
mucho jabón en el lavabo, arriba.
Sus manos elegantes salpicando
notas de gracias bajo el grifo.
Siempre lo mismo, sin aburrirse.
Un hombre de rutinas. ¿Adónde irá
cuando yo muera? Se volverá una foto
sin nombre en un álbum? ¿Quién es ése?
Un hombre que por poco fue asesinado
en un tiempo en que un millón y medio de niños
fueron asesinados. “Por qué escribes
sobre esas cosas tan oscuras, Leeza,
come un chocolate,
haz un pastel, suéltate,
escucha un poco de Louis Armstrong.
Escucha el sonido tan hermoso
que puede crear tocando su trompeta”.
Papá cierra sus ojos marrón claro
y escucha el sonido
que hace Louis con su trompeta,
y el tiempo se mece embelesado
sobre su cabeza. Dentro de mí
el tiempo fuera de la cuna
hace tic-tac
interminablemente
Yo voy a morir
lejos de donde vengo.
Su tiempo, sí, está
dentro de mí.
Pero es difícil.
.....
[Traducción y Fuente: Gerardo Gambolini]
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