jueves, 16 de diciembre de 2021

Edgardo Dobry (Rosario, Santa Fé, Argentina, 1962)

 


Para una teoría del consuelo

Debes saberlo, libro: aquí abajo
no habrá para ti premio hoy en día;
cuando el hombre suspira todavía
nadie aprecia virtud en su trabajo.

En el 3000, del verso embelesado,
irá uno a ver el Paraná corriente
y ante esa orilla pensará que miente
quien diga: “¡Acá, el Poeta fue alumbrado!”.

Ten coraje, mi libro: aunque preciosa
la voz del bardo en bata suena odiosa;
cuando él no esté lo juzgarán divino.

¿A quién no ha mancillado la perfidia
que embarra los baches del camino?
Solo el laurel postrero es sin envidia.

***

Hacia una lógica del festejo

El día en que Argentina le ganó a Nigeria,
J. y su hijo J. se unieron al repentino
festejo en el Monumento a la Bandera.

Al final de la semana se jugaba
la eliminatoria contra Francia. J. y su hijo J.
se pintaron guiones celeste y blanco,
mandaron iconos de euforia y optimismo.

Argentina perdió y, en un rincón del living,
J. escondía la cabeza entre los brazos.
J. (hijo) preguntó por qué no iban al Monumento:

le resultaba incomprensible que,
con lo lindo que es festejar,
solo esté bien visto si se gana.

***

Llega la tormenta

El viento hace de casa una ocarina:
toca a la vez la entera escala; ¿afina?

Que vaya al fin del cielo el astronauta,
yo: vivo encerrado en una flauta.

***

Con y sin

Qué inoportuna la elocuencia de la urraca:
su matraca rota distrae del trabajo.

Pero ahora que el ciruelo está pelado
y el jardín de la vecina no la llama

qué penoso el silencio de la tarde.

***

En el encierro

Venido temprano a otros asuntos y ya
el balance es neutro de entradas
a casa, salidas desde que empezó.

Palabras cuya parte sumergida está en el cielo,
eso sea dado y lo que no puede callarse
hay que decir (conviene hablar).

Espectro recorrido por las habitaciones:

los gatos silvestres miran con rencor
desde el otro lado del cristal, bajo lluvia,
confundidos por el pienso y sueño
y un prolongado crujir de cervicales.

Anoche
entraba a la cocina y vi a mi madre:
“¿por qué llorás?”/“¿No ves que estoy
pelando remolachas?”/“Pero es la cebolla
lo que hace llorar, mami”/“Ah, cuando
estás muerta también te hace
llorar la remolacha”.

O también: anoche estaba…
y entra mi madre a la cocina:
“qué fuerte sos, ahora ya no llorás”;
“mami, son remolachas, no cebollas”,
“ah, me había olvidado de que,
estando vivo, solo la cebolla hace llorar”.

 

 

En El parasimpático (Club Editor, 2021).

 

(Fuente: Zenda libros)


 

(

 

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