jueves, 11 de noviembre de 2021

Sharon Olds (San Francisco, EEUU, 1942)

 

 

MADRE PRIMERIZA

 

Una semana después de que naciera nuestra hija,

me arrinconaste en la habitación de huéspedes

y nos hundimos en la cama.

Me besaste y me besaste, mi leche desató su

nudo corredizo y caliente a través de mis pezones,

empapó mi blusa. Toda la semana había olido a leche,

leche fresca, agria. Empecé a latir:

mi sexo había sido desgarrado como un trapo

por la corona de su cabeza, me habían cortado con un cuchillo

y cosido, los puntos tiraban de la piel—

y la primera vez que te rompen, no sabes

que vas a cicatrizar, mejor que antes.

Me acosté con miedo y sangre y leche

mientras me besabas y me besabas, tus labios calientes,

hinchados como los de un adolescente, tu sexo grande y seco,

todo tú tan tierno, te inclinaste sobre mí,

sobre el nido de puntadas, sobre

lo rajado y desgarrado, con la paciencia de alguien que

encuentra un animal herido en el bosque

y se queda con él, a su lado

hasta que vuelva a estar entero, hasta que pueda correr de nuevo.

 

LOS NO NACIDOS

 

A veces puedo ver, alrededor de nuestras cabezas,

Como mosquitos alrededor de un farol en verano,

Los hijos que podríamos tener,

El brillo tenue de todos ellos.

 

A veces los siento esperando, adormecidos

En algún vestíbulo –sirvientes, casi–

Escuchando el timbre.

 

A veces los veo mintiendo como cartas de amor

En la Oficina de Cartas Muertas

 

Y a veces, como esta noche, de oscuro

Reojo puedo sentir sólo a uno de ellos

Parado al borde de un acantilado frente al mar

En plena oscuridad, estirando sus brazos

Desesperadamente hacia mí.

 

PRIMERA HORA

 

Esa hora, fui más yo misma que nunca. Me había sacado

a mi madre lentamente de encima, estaba acostada ahí

respirando por primera vez, como si

el aire del cuarto me estuviera soplando

como a una burbuja. Todo lo que tenía que hacer

era salir por la línea de mi mirada y volver,

salir y volver, en la seda de la gravedad, la

presión del aire una caricia, oliendo en mí

la sangre cremosa de ella. El aire

me tocaba suavemente la piel y la lengua,

entraba en mí y sacaba los pequeños

suspiros que yo no sabía que eran míos.

No tenía miedo. Estaba acostada en la quietud

y miraba, y me dedicaba al pensamiento sin palabras,

mi mente recibía su oxígeno

directamente, la rica mezcla por boca.

No odiaba a nadie. Miraba y miraba,

y todo era interesante, yo era

libre, todavía no enamorada, no

pertenecía a nadie, no había bebido

leche, todavía – nadie tenía

mi corazón. No era muy humana. No

sabía que existía alguien más. Estaba acostada

como un dios, por una hora, después vinieron a buscarme,

y me llevaron con mi madre.

 

EL SALTO DEL CIERVO

 

En ese instante

la ilustración en la etiqueta de nuestro tinto preferido

se asemeja a mi esposo, lanzándose hacia el precipicio

en su fervor por liberarse de mí.

Su piel es áspera y cómoda; su rostro

plácido, en trance, rumiante;

cada miembro de la fúrcula llega hasta sus ancas,

cada púa se extiende derecha, hacia arriba;

las ramas, modelos de su cerebro, arcaico,

indomable. Alinea su osamenta al alzar vuelo

desde la orilla del precipicio,

fabuloso.  Cuando alguien se fuga,

mi corazón salta. Incluso cuando huyo de mí misma,

la mitad de mí está con quien se marcha.

Todo es callado, vacío cuando él se va.

Me siento un paisaje, una tierra sin forma.

Sauve qui peut  —deja que se salven los que puedan.

Una vez vi un grabado en las astas de un gamo

donde alguien pequeño era crucificado.

Me siento su víctima, él parece la mía.

Me preocupa que las alargadas piernas del ciervo

se tuerzan al lanzarse. Oh mi pareja.

Fui ilusa de su fidelidad, como si fuera un halago

más que un estado parcial de sueño.

Y cuando escribí sobre él ¿Sintió que debía caminar

con mis libros apilados sobre su cabeza

para mejorar su postura, o con un marco de cuernos

como esos colgado frente al cazador

que se baja un trozo de carne de venado con sauvignon?

¡Oh salta, salta! ¡Cuidado con las rocas!

¿Acaso el antiguo voto debe desearle felicidad

en su nueva vida, incluso gozo sexual?

Temo que sí, al inicio,

cuando aun no pueda diferenciarnos.

Bajo su velludo vientre, a lo lejos,

se observan las motas alineadas del viñedo,

sus vides sin reventar, sus raíces limpias,

sus botellas crecen en los extremos de sus cerbatanas

tal oscuros, frescos, vacilantes gemidos.

 

 

(Fuente: La Parada Poética)

 

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