gusano
a enrique lihn
el gusano transita en el verso
y es verde como la hoja que estila sus esquilas numerosas
centinela en el 48 mostrando el futuro de esas alas fantasmales
indicando la dirección de su ruego pensando en él
san enrique adentro en el paisaje fascinante
de la noche y su derrumbe
su pudridero bendito a comienzos del 60
los muslos alzados tras la bruma
el vaso semilleno de su hartazgo
el vidrio aullante de su transformación
lente transfigurado por el que viera lo destartalado del sendero
el espectáculo sombrío por el que vamos desmayando
sin compasión encadenando las palabras
sin milagros ni ambigüedad ni pellejos con sangre
en este tiempo de derrota que es el único tiempo
de una costa a otra la especie lo avista
y es dura la verdadera desventura que arrastra su nombre
vicio tejido en la saturación de un paisaje que nos harta
gusano siempre gusano
gusano en la ventolera y el desierto
gusano en la muchedumbre y la soledad
gusano que baja por las piernas
como un veneno siempre maldito
como la marca de una justicia que no vemos
porque todo es lihn acá abajo
todo repta todo suda toda arde
como el simulacro malicioso de una mano que se hunde en la carne
y es errático su mínimo aleteo de pecho agujereado por la nada
todo está vacío en este tránsito maltrecho
donde escribimos el centelleo transparente que arrastra su reflejo
y su éxtasis y su remota mano dibujada
Dolor
A Ennio Moltedo
Estoy cavando en un dolor que no sé, vertical, como esas nubes que
recuerdo, doblegadas por su obligación de dar lluvia, de ser esquemas
del silencio.
Estoy cavando en un dolor que no sé, absuelto al fin de ser emblema de
nada, de irradiar en la penumbra el destilado estrépito de un ser que se
diluye en la carne.
Estoy cavando en un dolor que no sé, que existe, que es tuyo y mío, que
nos tocó con mayor o menor grieta, de terciopelo a garra, no lo sé.
Estoy cavando en un dolor que está, que corre como la sangre, vertical,
como ciertas nubes que recuerdo. Que nubla a veces la presencia de los
bordes del sueño y se encarama pestilente en el sonido de unas sílabas
simétricas, que no son lo que son. Que abre su luz consecutiva, esa
aglomeración de carne aguda y natal. La fisura filosa del tiempo en sus
manos, el delgado deshielo vaginal y mimético que es la púa del enigma
benigno que nos ata a cada cosa. La luz que se derrama en la cúpula
rótula del mar, que se empoza en su letargo de oxígeno y grieta
desplegada a lo largo del día. Y el fluir de su ardid, que aletea
longevidad y silencio. Y es tierra. Y es orbe en el amplio desamparo que
cabe en el ojo.
Estoy cavando en un dolor que no sé, vertical, como esas nubes que recuerdo.
Ediciones Altazor, 2016
de
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