
Crónica del habitante
Me dieron un cuerpo y a ese cuerpo un nombre. A ellos
me acostumbro como el tigre al rugido.
Habito ese cuerpo como un escenario, pero al tiempo
que actor, que directo, soy un amotinado público.
Me acostumbré a la armazón que me dieron en préstamo,
de la que a veces abuso como tierra de nadie. El pobre
cuerpo se venga cuarteando el decorado, haciéndome
doler telón adentro.
Si me llaman por el nombre, por mi duro apellido de la
edad de Altamira, es como si a él lo llamaran, como el
silbo del cazador a su perro más fiel.
Si alguien me prodiga halagos o improperios porque
escribo poemas, puede hacerse el que es con otro, con
un desquiciado que lo habita.
Pero soy quien lo habita, o quien cree habitarlo.
(Fuente: La parada poética)
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