sábado, 15 de agosto de 2020

Atila Luis Karlovich (Bogotá, Colombia, 1953)



Oda del esmeraldo

(Miconia squamulosa)
en medio de la espesura
del antiguo monte
crecían abundantes y desmelenados
los tunos esmeraldos,
humildes arbustos de sabiduría edénica.

la nervadura acródroma,
el trazo libre y perfecto,
la doble faz de sus hojas cuerosas
estamparon filigranas indelebles
en los nudos de mi memoria.

el verde repleto,
el rutilante agridulce
de sus bayas montunas
(facéticos jardines de luz vegetal
que sabían a las piedras de muzo),
han sido acicate y vaticinio
que aún inunda los inciertos recovecos
de mi alma palatal.

su estampa
de mata arisca
esboza fondo
a mis quimeras más escurridizas,
a las últimas cosas que me falta soñar.





Bosquejo heráldico

 

toc, toc…

¿quién toca al portón del castillo?
¿quién bate afanoso la aldaba?

ahé, soy yo,
el del rocín huesudo
y la adarga quebrada.

soy yo con mis blasones y mi panoplia.
soy yo y la gata rampante
que maúlla abismos
en campo de lirios,
soy yo y el solariego gallinazo de las alas hambrientas,
soy yo y la anaconda clueca
que me abraza hermana
y me regurgita
sobre las fauces esperantes de su camada de basiliscos,
soy yo con mi cabeza hachada bajo el brazo
como los cefalóforos de diocleciano,
soy yo y, en gules, el cuervo bicéfalo
que grazna
tiempos feroces que fueron,
grises tempestades que vendrán,
soy yo y, en púrpura,
mi amiga, la luna artera,
soy yo y mis ojos que he perdido en el mar,
soy yo y el comején de los años
que me horada y me refleja.

soy yo que soy mi árbol arrancado,
soy yo y a mis cuestas la muerte,
siempre pronta,
indistinta,
en cuadrante de sable.





Buenos Aires en julio

 

buenos aires en julio,
esdrújula montaña rusa,
bosque encantado
de princesas exangües
y noctívoros en kermés:
hojas caducas,
el neón de los bares,
las rosas más negras,
amargores y circunstancias,
palos borrachos que suspiran en desflor.

de chaquetilla de luces,
siempre íngrimo,
el príncipe cabalga
atajos y andurriales,
golpea la pampa que aflora montaraz
por entre los asfaltos,     
circunda ceremonial el obelisco obsceno
y sorbe hastiado la grima de los cabarés.

en su bayo de crines negras
recoge la huella de los destierros,
la mueca de los que se quedaron,
la traza de los difuntos,
la sombra del perro que lo sigue
obstinado,
los desvaídos pasos del lobizón.

a la hora de la mengua
desenvaina
y enfrenta
la bestia nocturna
en un callejón.

rezuma el alma hendida:
un hilo de púrpura pulsante
irruye la corraleja
de los charcos invernales.

buenos aires en julio:
la sangre que cae gota a gota,
los años corridos,
el río ausente,
garúa,
poco más que
derrota final.








(Fuente: Letralia)

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