sábado, 6 de septiembre de 2025

Robin Myers (EEUU, 1987 / México)

 

 

Al mirar una foto de mi abuela estela, a la que nunca conocí

 

 

Después de Coahuila, Del Río, San Antonio; de Chicago 
y de Janesville, Wisconsin; de la revolución con sus fronteras 
arenosas, movedizas, y el caos y la humillación del papá; tras 
su larga carrera de cuello almidonado para Parker, su leer 
en silencio el diario cada día, alargando la mano en dirección 
 al bol con los ajíes detrás de él; tras la hermana y después 
de los hermanos sucesivos, algunos cuyos nombres cambiaron 
de idioma en la punta de la lengua, con los bordes en inglés hinchados como puertas mosquiteras en verano; después 
de las polleras y bufandas, después de los sombreros y violines 
diminutos que tenían que tocar para los vecinos, ninguno 
de los cuales se parecía en absoluto a ellos, cuando los visitaban; 
tras la universidad, donde llegó, sola, desobediente; cuando, como 
la gente acostumbra decir de las mujeres jóvenes, “se escapó 
de su casa”; tras el amante egipcio y el horror compartido 
de los padres de ambos; y después de la guerra y de que 
a mi abuelo, un filósofo alto, colorado, sonriente, lo mandaran 
en barco a un mar abierto, metálico; tras un brote salvaje 
de viruela que lo podría haber matado pero que lo salvó de lo que 
al fin liquidó a los demás en cuya compañía había embarcado; 
tras morir un hermano después del otro, el que quería morirse; y 
antes de los hijos, que fueron tres, de hecho cuatro, si contamos 
a Bruce, que vivió solamente un par de días –mi papá fue 
el segundo–; antes de la casa en Denver que tenía un jardín 
en el fondo; antes de los perros a los que les agarraba la cara 
para insultarlos en el idioma que sus padres habían dejado 
de hablar con todo el mundo menos entre los dos; antes de los dos años en Lima; antes de permitir que sus hijos dejaran de ir 
a la rígida escuela católica en la que les ardían las palmas 
de las manos; antes de que mi papá y su hermano, con el gesto 
de triunfo más resplandeciente del que podría ser capaz un chico,
 arrojasen al mar sus libros de texto por un acantilado; antes 
de la casa que tanto habían querido construir con mi abuelo 
en esa ciudad de Michoacán de nombre como hamaca –”E-ron-ga-
rí-cua-ro”– pero que no habían podido; antes de que 
a él se le parase el corazón; antes de los años terribles que pasó 
mi papá de camillero en un hospital, pedaleando de noche, 
delirante en la nieve, al terminar su turno, para llegar a sus talleres 
literarios; antes de la otra guerra, de las tres veces que lo 
reclutaron, de las que siempre lo salvó alguna balanza; antes 
de que viera a mamá en un aeropuerto; antes de Nueva York 
y los suburbios y de mí y de mi hermano y de todos los lugares 
que nos criaron; antes de que México se le volviera a abrir al fin, 
pero no como ella se lo había imaginado; ir sola y alquilar 
una casa en una ciudad de nubes bajas y escaleras oscuras 
que subían y bajaban desde el lago –una ciudad que ahora era 
más grande, tumefacta de tráfico por sus calles raquíticas 
y su tierra arrasada por motivos que a ella le dolerían si viviera–; 
antes de las cartas que le escribió a mi papá en sus dos idiomas; 
y antes de que yo subiera por la escalinata de la catedral 
de Xalapa sin saber si ella hubiese entrado –no entré–, pero con 
la sospecha de que ella también, al menos, habría pisado esos 
escalones; mi abuela –de veintisiete, veintiocho, treinta años–
baila sola con un vestido blanco, sueltos los brazos, descalza,
con la pollera al viento de su propia elegancia;
la cara oscurecida de reojo ante la cámara;
sonriendo apenas, como calladamente asombrada de sí misma,
como si supiera que hay algo hermoso dentro suyo
que siempre estuvo ahí;
y que en ese preciso momento
se hubiese decidido,
con su ayuda,
a hablar.
 
 
Traducción de Ezequiel Zaidenwerg Dib 

 

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