Mi tímida eternidad
Pienso en lo solo que va a estar el cielo, con apenas George Washington y yo. Supongo que recitaremos las Bienaventuranzas y nos preguntaremos cuándo vendrán: los dóciles, los piadosos, los pacificadores, los puros de corazón. De noche, mientras asamos malvaviscos voy a sacar el tema de las mentiras. Él me va a entregar una peluca y unas sanguijuelas, que voy a rechazar, porque voy a seguir pensando en los demás: si fueron por error al Campamento de Bebés, a lo mejor podríamos mandar una carta. El cielo no tendría que estar lleno de preocupaciones, pero si acaso alguien sabe más al respecto, si vos tenés tu propia versión –arbolado, espacioso, repleto de personas y de fuentes–, que Dios te bendiga, porque estás más solo que el General y que yo.
Traducción de Ezequiel Zaidenwerg Dib
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