Malincuor
Dicen que, en la ciudad, salvo por
el débil furor del orgullo cívico,
la espiral inflacionaria, y unas pocas
palabras importantes, después del
Big Bang el universo no
fue muy complicado. No ocurrió
nada interesante en 13 000 millones de años.
Lo que existe es posible sobre la base de
una serie de ausencias que evocan lo que no
ha sucedido con tal de legitimar la esperanza.
—Habría que reconstruir los lugares turísticos
y volverlos más sostenibles—me interrumpen.
La vecina salió en camisa de dormir a tender
en el cordel los calzoncillos del marido, después
de llevarlos delicadamente, como quien porta
consigo una reliquia del año 12 que ya no
corresponde con lo que él hoy
pudo haber prometido.
Por ello me mira con cierta hostilidad.
Le devuelvo el gesto, igual de punitivo,
pero pensando en qué capullos florearan
de acuerdo con el umbral de riego.
Hay una gardenia crecida al improviso.
Creímos que brotaría un molle, aunque
nos cueste admitirlo, nos faltó el cauce
de un río y faenar bien los rebaños en el
terreno que ahora sobrevuelan los drones.
Debieron ser pájaros.
Un dron produce 75 decibeles de sonido y
accede a nuestras vidas secretas. Mientras,
la hierba crece cuesta arriba. En la otra acera
un antiguo deportista camina después de
haberse jubilado pensando que, salvo por la
señal de extremaunción, no le ocurrirá nada.
Tal vez por ello olvidó esos extraños zapatos
de baile sobre una nota al pie de otra versión
de la leyenda, en la que se rumora que él
y la vecina tuvieron un romance, sin saber
bien cómo atenuar la deshonra
después de tal apostasía.
El rumor no pudo confirmarse.
Las noticias son más fugaces que nosotros,
no sólo las concernientes a la nueva nacionalidad
de Snowden, los vientos de equinoccio,
el sub linaje Q.1.1, las Kardashian o aquellas
del clan Baybasin, en otra telenovela.
En la internet también funciona así.
Los datos duran unos cuantos minutos antes
de desaparecer, aplastados por una vertiginosa
marea de nuevos estímulos en los cuales «todo
es posible» pensando en la paulatina
cancelación del futuro.
Tampoco se pudo corroborar la idea que
corcovaba menguante alrededor de la zánora,
no era un río, al momento de encender el cortacésped,
imaginando un pantoum, esa forma de verso
malayo que un día usurparon los franceses.
Aunque la idea amagara ya no la recuerdo.
Quizá fue sobrestimada, sin un lugar,
como el que ocupan los árboles y los edificios.
La mitología se acerca más a lo que estoy pensando,
podría confesarlo incluso ante el visor de una Cámara
Gesell, sin la menor emoción, lejos del mindfulness,
el feng shui, las terapias de familia, y también
de una ciudad que no recuerdo.
Pensaba en ello cuando los perros comenzaron ladrar.
Yo soy un hombre que riega, no como
Ámpelo, peor que otro cualquiera,
en tanto cumplo con las horas de dictado
en medio de otras tareas planeadas
antes que el metabolismo del tiempo,
debido al modo en que vino aconteciendo,
me imponga otra velocidad al
enfrentar su antítesis.
—Desde el anonimato medieval los textos
no constituían bienes, eran acciones.
Debí decir, aclarando después que, si bien
la escritura plantea delimitar fronteras,
después las trasgrede.
Escritura es un tipo de expresión que,
como en ciertos relatos de ciencia ficción,
asume significados diferentes.
Es un destiempo que transcurre en un presente
que no es el de todos. Entre los indios chuukeses
robar está permitido. Es una muestra de poder.
El de un escrito es quedarse sin palabras, después
de haberse reapropiado de todas las que habíamos
perdido, siendo capaz de registrar esa pérdida
como otra noción de la realidad o un nuevo flujo
de conciencia, y no como el centro de atracción
en un nicho rentable, debido a la corazonada
que alguien precisa encontrar esa oferta. Quizá durante
un desayuno, una vez que las noticias de la Tierra
le hagan comprender que
ya no tendrá otro planeta.
Ahora que el homo sapiens es un algoritmo obsoleto,
debería concentrar mi atención en atender a la gardenia,
y no a quienes aparecen en clase como objetos
de su propia publicidad, con la experiencia expropiada
para el disfrute de las redes sociales en un auditorio
que no consigue verse a sí mismo, por ello me resulta
imposible comentar algo sobre lo que estoy escribiendo
sin el socorro de un doble, contratado para las escenas
de peligro, especialmente para aquellas que devienen
desde una voz interior y que nadie se atreve
a reconocer como Yo.
—¿Qué le decimos al Dios de la muerte?
—Hoy no.
¿Importa quién habla?
—La gardenia es una planta arbustiva.
Sus flores crecen en el ápice de las ramas
bajo el aroma de la lluvia en un jardín
que no existirá hasta la primavera próxima.
La pedicurista se imagina como la maestra
de futuros astronautas en un lugar en
el cual dios podría estar disponible;
el vecino con una kufiya en la celebración del FanFest;
y ella en redimir su romance en una habitación ninfoléptica.
Nadie podrá ser escuchado.
Afuera el negocio tiene que ver con el mundo
onírico de un grupo de turistas vestidos
con camisas hawaianas; equipos de póker
seleccionados para el programa Artemis;
la subasta de una foto en miles
de tokens no fungibles.
El futuro distrae, jamás advierte.
Cuando Clyde Barrow insistió en cantar
Siboney en la prisión de Eastham.
Bonnie Parker pudo decir: un día de estos,
caerán codo con codo.
—Yo soy Nadie —gritó Ulises salvándose de ser devorado.
Las sirenas fueron un rumor.
No son otra cosa que canto.
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