lunes, 3 de agosto de 2020

Pablo Seguí (Córdoba, Argentina, 1973)



Lizard 




Acomoda la cucha 
pacientemente a un lado 
y al otro, y se reclina, 
satisfecho y seguro. 

Cierra los ojos pero 
no las orejas ante 
la noche numerosa 
de crujidos a ciegas. 

¿Escucha el discurrir 
de mi lápiz, renglón 
tras renglón que pretenden 
dar cuenta de su pose? 

Él sabe del metrónomo 
de esta escritura en marcha. 
Lo que lo tiene en vilo 
no soy yo: es el umbral. 
 
 



Puertas abiertas




Apago la pantalla 
de la compu: escribir 
es alejarse. Suena 
el zumbido constante 
de la heladera (algunos 
hacen música con 
los monótonos ruidos 
de sus hogares: tedio 
vivido de otra forma). 
¿Y a dónde llego? Al linde 
de la mirada: canto 
en silencio la pura 
saciedad de mis ojos 
frente a líneas que corren 
cada vez más ariscas 
hasta volverse lumbre. 
poemas que conforman 
sólo por ser sonoros. 
 
 
 



Los cuerpos de la física




Los objetos, sin prisa 
ni pausa —la mirada 
los recorre—, mantienen 
su ser en la fijeza 
impávida que les 
es más propia. Mis manos 
podrían, iracundas, 
destrozarlos, hundirlos 
en lo oscuro. Se da 
que escribo, que me doblo 
ante el papel, y sale
elevar la mirada 
cada tanto y sentir
un vaso, un carillón, 
una reja: un segundo 
de eternidad inmóvil. 
 
 
 
 
 
(Fuente: El poeta ocasional)

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