Lizard
Acomoda la cucha
pacientemente a un lado
y al otro, y se reclina,
satisfecho y seguro.
Cierra los ojos pero
no las orejas ante
la noche numerosa
de crujidos a ciegas.
¿Escucha el discurrir
de mi lápiz, renglón
tras renglón que pretenden
dar cuenta de su pose?
Él sabe del metrónomo
de esta escritura en marcha.
Lo que lo tiene en vilo
no soy yo: es el umbral.
Puertas abiertas
Apago la pantalla
de la compu: escribir
es alejarse. Suena
el zumbido constante
de la heladera (algunos
hacen música con
los monótonos ruidos
de sus hogares: tedio
vivido de otra forma).
¿Y a dónde llego? Al linde
de la mirada: canto
en silencio la pura
saciedad de mis ojos
frente a líneas que corren
cada vez más ariscas
hasta volverse lumbre.
poemas que conforman
sólo por ser sonoros.
Los cuerpos de la física
Los objetos, sin prisa
ni pausa —la mirada
los recorre—, mantienen
su ser en la fijeza
impávida que les
es más propia. Mis manos
podrían, iracundas,
destrozarlos, hundirlos
en lo oscuro. Se da
que escribo, que me doblo
ante el papel, y sale
elevar la mirada
cada tanto y sentir
un vaso, un carillón,
una reja: un segundo
de eternidad inmóvil.
(Fuente: El poeta ocasional)
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