lunes, 3 de agosto de 2020
Aníbal cristobo (Buenos Aires, 1971)
Una oferta humillante para un ingeniero
Sabíamos algo: que el experimento llegaría
en el mismo fascículo
en que se reseñaba una variante revolucionaria del
I-Ching, y algunos deportes
descatalogados. Pero no que un mediodía, aburridísimo,
el más joven de los camioneros
sacaría un imponente grillo de Malasia
de su fiambrera y lo dejaría caer sobre el mapa del distrito,
en una señal falsamente copiada de las mafias aztecas.
La huelga duró diez días, la llamaron “la huelga de los diez
abetos”, y cuando terminó era imposible encontrar la revista.
Improvisamos, con las informaciones que llegaban por radio,
transcribiendo las dudas
en la libreta verde ¿Se trataba de una prueba específica,
o los resultados se sucederían hasta el infinito?
¿Los materiales debían emular
a los usados por los precursores?
¿Afectaría el experimento nuestra imagen exotista del mundo
y del espectáculo? ¿Crearía entre nosotros un lazo indisoluble,
si fracasábamos
-como quedan unidos los niños
que matan a un amigo jugando?
Déficit
Sucederá en verano, antes de que fermente
la experiencia para comprenderlo: vas a ver una pista
de patinaje vacía, y un guante caído sobre el hielo,
y vas a pensar que esa era mi idea
del amor. Será de noche, tu madre
y yo estaremos viendo un documental
de tortugas marinas: vas a llegar
criticando ese gusto nuestro por un mundo
extinguido, haciendo chistes fáciles, y te vas a encerrar,
con un humor de perros, a buscar este poema.
(Fuente: Música rara)
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