Fauces
El mejor viajero
es aquel que percibe
el elemento evanescente
del lugar que visita,
el que capta el loci spiritus
de que hablaba Doidalso de Egina.[...]
Un niño juega entre las piedras
y bajo el puente,
entre glicinas y santa ritas,
persigue la última mariposa del verano.
La noche nos interroga con cada sombra,
percibe nuestros pasos
en los pasos del esposo que regresa,
en la luz mortecina
tras el ligustro y,
como viajeros,
creemos respirar el aire
destinado a otros pulmones,
extasiarnos ante el brillo del agua que,
junto al cordón,
corre para alimentar otros yuyos,
distintos de los de la infancia,
esos que nos raspaban la cara
al tendernos sobre el húmedo calor
de los desolladeros.
De pronto [...] todo se ilumina
bajo el puente,
vuelan monedas convertidas
en láminas de plata
y el fragor que nos ensordece
tiene el eco de otras músicas,
de otros gritos y otras risas.
El viaje ha concluido,
abrimos la puerta que da al zaguán
y una bestia muda,
como salida de un brazal
medio oculto por las cortaderas,
acude a nuestro rescate
con las fauces abiertas.
(Fuente: Tuerto rey)
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