Revolví los archivos
parroquiales de Tebas,
vagué por callejuelas
tan encimadas
que quitaban el aliento,
trajiné chicas de la vida,
bares, bailantas,
filatélicos y carteros,
y nunca encontré
la fe de bautismo
ni el acta mortuoria
de un señor que alguien,
por manifiesta enemistad,
broma, ficción
o simple noia,
se empeñó en llamar
Edipo.
Tampoco di
con matrículas
del kinder, la primaria
o estudios superiores,
historia clínica,
emergencias hospitalarias
u oftalmológicas,
ingreso o egreso
de cárcel o penitenciaría,
registros dactilares,
contravenciones o multas,
tickets de compras en el Súper,
licencia para conducir
caballos o carruajes,
permiso para portar armas,
y menos que menos
denuncias policiales
referidas a imputaciones
por violencia doméstica
agravada por el vínculo
que se le atribuyeron
con ligereza de quebracho
incendiado.
Y eso
que lo busqué
con nombre y apellido,
genoma y resonancia magnética,
considerando apelativos
familiares o sociales,
y toda esa gama
infalible para dar
con un vecino de aldea.
Y
hoy,
exhausto,
fumo este cigarro de chala,
me zampo un carlón,
tranquilino y despejado,
matando el tiempo
que cree sabérselas todas.
- Inédito -
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