MUERTE DE PERURIMÁ, CUENTERO, ENREDADO EN SU LENGUA...
... Y entonces se fue yendo,
Y se fue yéndosele, se le fue
El párpado cayendo,
Y se le fue yendo el habla,
Yéndose en sombras, yéndosele
Los pasos fuésele yendo el tiempo
Y yéndosele
Se le fue el silencio.
¡Las viejas cuentan
Cosas increíbles!
Que trampero y tramposo,
Perurimá acababa
Enredado en su lengua,
Con la ojera en la oreja,
La oreja por la ojera,
Clueco en el recoveco
De su lengua cuentera;
Que a su voz se enredaba
Dicharachero, ojoso,
La ceja como un fleco
Menguante que no mengua,
El cuerpo de mandioca
Contorsionado, seco,
El ojo como arveja
Que mira el labio mudo,
Demudado el saludo
Que fritaba en la boca.
... Y se engullía el aire,
Frotando con su voz el aire, trotando
El eco con su voz, trotándosele
Y frotando la lengua herida y rota,
Rota al trotarle por la boca
La lengua, trotándosele la lengua
Rota sobre la boca,
Engulléndose el eco
Al frotársele el aire sobre la boca
Trotando sobre la lengua.
... Tragaba la fatiga,
Rasguñándose las pestañas,
Destiñéndose el habla hablando,
Virando el ojo en ajo,
En lodo el lado
Resabio de su labio,
Tragándose la voz, atragantándosele
El habla en la garganta
(Lampiña lengua Luna)
Tragándose la Luna, fatigándosele
La voz se fatigaba,
Y se le fue yendo el habla,
Fuésele yendo el tiempo,
Y se le fue yéndosele, se le fue
El párpado cayendo
Y se le fue cayendo el silencio.
¡Las viejas cuentan
Cosas increíbles!
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Además de considerárselo, sin discusión, uno de los más grandes de su país, Paraguay, a Elvio Romero se lo tiene ubicado entre los cultores de la poesía político-social (lo que es cierto, y con qué calidad trabajaba ese rubro), o como un continuador, quizá tardío, de cierta poesía española de los veinte y los treinta, particularmente su admirado Miguel Hernández, al que biografió. Pero me quedé boquiabierto, años atrás, al encontrarme, en su obra completa, una singularísima zona de la que "Perurimá" es un muy buen ejemplo. El juego con las repeticiones, el ritmo, las sonoridades, la palabra arrojada gozosamente a producir, en el encuentro y la mescolanza con otras palabras, ese revelador juego que uno disfruta tanto. "Yendo", y en el verso siguiente "yéndosele", y después "cayendo" y otros varios "yendo" y "yéndosele" hasta el fin de la estrofa. Después, "trampero y tramposo", "la ojera en la oreja", "clueco en el recoveco de su lengua cuentera", "lampiña lengua luna", o irónicos juegos conceptuales como "menguante que no mengua", y las insistencias, como si lo dicho tuviera que ser dicho otra vez, no para entender mejor sino para sostener un movimiento poético en el que la lectura se enreda como en una danza y vive su propio movimiento como en una primitiva ceremonia pagana, o como los juegos verbales de los chicos o cierta anónima poesía popular. No conozco, en serio, nada parecido en la poesía de nuestra lengua (En la masmédula es otra cosa).
Romero, me acuerdo, solía reprocharnos que estábamos, en su opinión, demasiado atosigados de traducciones de poesía anglosajona, como marcando una incapacidad de trabajar las posibilidades sonoras, semánticas y de disposición que le importaban tanto. Un poco de razón tenía, pensado años después.
Ocurrencia posterior: ¿no lo habrían podido ubicar, si lo hubieran leído, entre los precursores del neobarroco?
(Fuente: Daniel Freidemberg)
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