LA FLECHA Y EL BLANCO
LA FLECHA Y EL BLANCO
El escritor estira su arco, apunta cuidadosamente y lanza su flecha.
El buen prosista da en el centro del blanco. Tanto el escritor como el lector ven el blanco, ven la flecha, su trayectoria y su destino.
La poesía supone un arquero pero no supone un blanco.
El poeta estira el arco y apunta hacia el espacio y el tiempo. No hay un blanco visible: la flecha se dirige hacia el infinito, hacia la eternidad. Su destino es lo absoluto. Por eso para la gente de buen sentido el poeta parece ser un tonto que derrocha su vida lanzando flechas que van a no se sabe dónde, a ningún sitio útil.
La gente de buen sentido no ve el destino de la flecha, para ellos la flecha se pierde en la nada. Pero el poeta no derrocha su vida. Lanza su flecha con una enorme fe. "Adiós, adiós", le dice.
Él sabe que allí donde caiga la flecha estará el blanco. Porque el infinito no puede medirse. No es que sea más grande o quede más lejos que todo lo conocido o imaginado. ¿La eternidad es más grande que algún tiempo?
Cuando se apague el sol, cuando se apague la última estrella de la última galaxia, ¿seguirá existiendo la eternidad? La eternidad es cuando se detiene el tiempo. Se detiene el tiempo, dejan de suceder cosas; y bien, esa es la eternidad.
El lector de mirada pura, aquel que se implica en el poema, sigue la trayectoria de la flecha hasta que cae y entonces descubre el blanco.
Porque allí donde cae la flecha, allí está el blanco.
Del libro Obra completa, de Gianni Siccardi, Instituto Lucchelli Bonadeo, 2019, Ciudad de Buenos Aires.
(Fuente: Carles Tàvec)
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