sábado, 10 de junio de 2023

Antonio Arroyo Silva (Canarias, España, 1957)

 



Cuatro poemas

 
 
36 
 
Para Rafa 
 
Hallad los ojos para ver, hallad
las manos para asir, hallad el labio
para besar el agua, hallad la luz
en donde no haya luz o no parezca.
 
Que cada cual encuentre a su contrario
y le ceda su lado de la vía:
el paso, el tentempié, el minutero,
la mitad de su cuerpo por la otra
mitad; las dos mitades por el todo
que trae nitidez al insurrecto
que, no obstante, se escabulle al simple azar
de sus días precarios. 
 
Unir cada sentido con su contrasentido
y todos juntos, todos y cada uno
no necesitarán el cuerpo
que los resuma o los limite, porque
el reino alcanzará las hojas tiernas
del árbol y la casa del temblor. 
 
Hallad los ojos, vean más allá
de donde les dicen. 
 
 
 
©Antonio Arroyo Silva
La memoria del roce.
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24
Ya no sé en qué lugar de qué isla
me encuentro. La razón del poema
me ubica en otro espacio mientras ando
en el opuesto, todo para el orden
de la extrañeza que precisa cada
paso que doy. Mitad de cada isla
este ser que se dobla y se desdobla
hasta desaparecer en cualquier calle.
.
Espero el maremoto que las una
o las separe para ser yo otra isla
en medio de las dos con bahías
y puertos, con cañones que disparen
a un cielo de basalto. La orfandad
tiene el don de estar ebria como Claudio
Rodríguez, la orfandad que me desdice
siempre que estoy allí o acá
de cada orilla.
.
Y ya no sé el lugar de qué isla
y ya no sé en qué elipsis puedo hallar
el tiempo inmarcesible de encontrarme.
Soy la quinta columna de mí mismo
y estoy a punto de invasión fortuita.
.
©Antonio Arroyo Silva
La memoria del roce. 
 
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Triste desaprender,
dejar toda la carga en la basura.
Alzar significados y hermanarlos
con sus antónimos
para el fin de la contienda.
Ya no sé qué es bondad ni maldad,
solo veo palabras a la gresca
que circulan
por mis ríos. Añoro aquella ética
de los primeros tiempos
cuando arropar
era un acto de amor. 
 
©Antonio Arroyo Silva.
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27

LA MEMORIA 
 

Alguien la está vendiendo en el mercado
a un precio razonable. Le cortaron
un pie, una mano, un poco de cabello.
La dejaron en casa y con la pata
quebrada. La memoria que a los vivos
entierra y desentierra a los muertos.
La memoria de
nadie se acuerda ya de la gran guerra
—dijo Pedro—y la guagua ya no pasa
a medianoche—Félix.
Nadie pasa,
siquiera un girasol. Alzar la mano
ya no detiene el cielo de Luis Feria,
no se desangra Arturo sobre el mar
de un hoy imaginario. El árbol blanco
de Manolo Padorno languidece,
las conchas cóncavas
perdieron su morada. La memoria
es como Marianela
quebrada y sin alijo. La memoria
es pedir un permiso denegado
a quien manda a callar. Nos pusieron
pinzas en las pestañas: no verás
más allá de este aquí de superficie.
 
©Antonio Arroyo Silva
Los círculos dorados.
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Derechos de autor reservados
 
(Fuente: Oscar Vicente Conde)

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