lunes, 22 de mayo de 2023

Mario Arteca (La Plata, Argentina, 1960)

 

Cuatro poemas


No encuentra siquiera
un estuche como refugio.
Igual quiere involucrarse
entre los huecos
de los ascensores.
Ninguno funciona. Se dice,
asimismo: “Acelerá el paso, aunque todos se hayan
olvidado. No los esperés:
poca cosa se espera
de quienes te estiman
menos que a un pétalo
de Rosa China caído
por su propio peso”.
Dejalo así, para otro momento,
el de los otros. Y acelerá
el paso, repito,
aunque te hayan olvidado
y la fiesta siga su curso,
luego de recibir
un par de invitaciones.
 
 
 

UNA IDEA MUY FINA
 

Sucede a velocidad derecha.
No ayunar ni retardarse; no también.
Para sí ningún problema real porque
selle la manera en que se mira una pintura.
Los problemas de un cuadro no son nada
con relación a los problemas de la vida
diaria. Una cosa, separada de la otra.
Puede ser que se los llame “los problemas
formales de hacer una pintura”. En uno
de los libros de Mondrian hay un diálogo
entre un pintor paisajista y un amante
del arte. El primero dijo: “si usted pinta
estos ángulos rectos y lo usa con los colores
primarios, no recibe calidad humana, sino
el elemento acorde a su pintura después
de haberla perdido”. El segundo, claro, no
habló. Conjetura el significado y supone
no tendrá importancia alguna su propia
existencia como ángulos rectos y colores
primarios. Su respuesta: que la calidad
humana en la pintura está allí donde
la pulsan, se lo desee o no. Está siempre
presente. Nada puede pensarse sobre ella
hasta bien tomada la palabra.
 
 
 

PROCESO DE REORGANIZACIÓN LÍRICA 
 

Ni en sueños esas dos palabras hubiera
ocupado un sitio de preferencia, pero
así suceden las cosas, y no hace falta
dormirse para que surjan. Me esperaban
en ayunas “amotinar y radioactividad”,
en ese orden. La cosa urbana, introspectiva
y necesaria, como todo pensamiento al azar
que quita el aire desde su punto límite,
y donde una persona pregunta a otra
si aún está en la oscuridad, y el segundo
solo responde: “Puede encender”.
 
 
 

CÓMO ME GUSTA EL PRESENTE 
 

Con su grupo de amigos, dejó que la escena
transcurriera delante suyo entre sesenta
y mil veces. La misma era muy sencilla:
un túnel en llamas donde se aproxima
un tren por quemarse. Porque aquello
inexorable muestra su última condición:
que lo peor ha pasado y que no hay
advertencia previa, y porque anticipo
y suceso van de la mano, de la misma
manera que el hielo se integra al lago
ante el mínimo cambio de estación.
Lo que queda de la esfera pública
siquiera es proyecto, y una vida
sin marca personal no vale un centavo.
De este modo, no nacimos para ser meros
instrumentos. Sigamos con lo nuestro,
entonces. En condiciones normales,
las cadenas de azar marchan separadas,
pero golpean unidas. Una persona
carbonizada que supone serlo es parte
de la tripulación. La diferencia es que
se exhibe aliviada, con esa manera suya
de obtener placer de las experiencias
límites. El tren sabe que se funde a miles
de grados y, sin embargo, ingresa
con toda calma al túnel encendido. 
 
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(Fuente: Oscar Vicente Conde)

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