LAS HORAS DE LA FLORESTA (CATHEMERINON)
en la anochecida
arrullan maternales los alisios del este,
mitigan la vehemente pasión de las humedades.
pero no hay reposo en estas furibundas tierras:
los cielos de la puesta se suceden sin pausa,
uno tras otro,
apurados telones
de cruentas, desmesuradas tragedias barrocas.
la luz disminuye en sucesivos rubores chirriantes,
arden los firmamentos
ascendiendo en mil coloraturas abisales
y apagándose en escalas cromáticas descendentes,
desde las llamaradas desbocadas y las brasas intensas
hasta el desolado tintaje de las pardas cenizas finales.
es entonces que la cadena trófica culmina
su melancólico rito:
los grandes gatos salen ceremoniosos
a la vereda de sus cubiles,
exhiben crepusculares sus manchas,
se desperezan, bostezan formidables sus fauces,
y afilan perezosos sus garras lacerando cortezas:
ahora aterran sus hambres, aúllan estremecedoras.
a estas horas vuelan sin número los jejenes,
mínimos, invisibles, reflejando en sus traslúcidos abdómenes
la plétora sanguinolenta de los cielos,
la hambruna que los empuja.
por el suelo giran insaciables las escolopendras,
mortíferos carruajes hititas de infinitos ejes
que se tuercen veloces entre troncos y guijarros
y engullen las carnes que se les atraviesan
por entre la desbordante maleza y las ubicuas pozas.
salta alto un último caimán, pavoneando
los mil afilados puñales que refulgen en su jeta:
ahí, cuando cae sordo en su aguazal,
resuena la salvaje campanada,
el ángelus cerril que anuncia
la imposponible llegada de la oscuridad.
desde la oquedad de los palmerales,
desde el negro corazón de la arboladura
delira la escolanía absoluta de las cicádidas tiranas,
y de repente el ululato iniciático de un búho desata
el renovado coro de aves cantoras, más negras, más pesarosas.
los delfines que surcan frágiles
los últimos destellos del vespertino oleaje carmesí
son ahora más rosados, más bellos y más tristes.
dicen los poetas que es eros quien los cabalga,
que son mensajeros de la amazónica afrodita.
pero los poetas suelen ser mentirosos y todo lo confunden:
al cabo no son más que príncipes abandonados,
sin cielo ni princesa,
lo más parecido a uno,
indefensos, y como el ocaso, echados a perder.
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