viernes, 8 de octubre de 2021

Mario Arteca (La Plata, Buenos Aires, 1960)

 

 

CUELLO MAO

 
“¡Vean lo que me hicieron estos cochinos
revisionistas!”
“La chinoise”, Jean-Luc Godard (1967)
 
“Did you think we were all together
Did you think we were all the same
Did you think I could help you
remember your name.”
“Tightrope Ride”, The Doors (1971)
 
 
Lo peor de no saber cómo hacer una verdadera
revolución es no encontrar a nadie que la haya
hecho; y todavía más frustrante es no saber
qué hacer con ella ni bien entremos por la puerta
grande de la historia. Y bien ¿cómo reconoceremos
esa puerta? ¿Qué color determinado debiera tener?
¿En qué consistiría ese material, a tal punto
que identificarlo fuese un pasaporte seguro
y no una búsqueda permanente de algo
que no tiene filiación precisa, no se deja atrapar,
no da señales ciertas de que por ese hueco
todos nuestros sueños pudieran determinar
un lugar, por más pequeño que sea, de la misma
manera que detecta un zorro la madriguera
para acercarle el biberón a sus cachorros? 
 
¿Cuánta duración tiene un proceso revolucionario,
hasta que por fin comienza a agotarse con todos
nosotros adentro? Y una vez concretado el hecho
¿en qué actores nos transformamos? ¿Y si no
servimos para lo que presuntamente siempre
estuvimos preparados? ¿Y si se trata de dejar
hervir el agua de la pava, porque sí, para que
se funda el aluminio y se llene el artefacto
de agujeros hasta volver inútil materiales nobles
que no soportan someterse a máximas pruebas
de resistencia? Y si ponés tu mano dentro
de mi pantalón, buscando levantar esto
que parece muerto y sigue así de quieto
¿qué parte no entendiste de las citas marcadas
con el resaltador del presidente? Te convertiste
en Larry, uno de los personajes de Maldición
eterna… No te diste por enterado, ni aún
enterado; y mucho menos vencido, aún vencido.
¿Pensaste realmente que estábamos todos juntos? 
 
Resta la voz que cumple tus deseos de escuchar
la canción del mundo ahora derretida por el alma
de Bowie llegando deprisa al cielo libre de ozono,
a través de un poema de Rafael Espinosa, o mediante
el ojo lisérgico de Rayos-X en un libro de Juan
Rapacioli. “Llevaste este experimento demasiado
lejos ya, y no funciona. Las ideas están, luego
desaparecen”, dijiste, porque las cosas dejaron
de ser consistentes y los sonidos se muestran
completamente ajenos. ¿De verdad pensaste
que todos éramos iguales? Del mismo modo
que lo propio se puebla de desconfianza, te excluye,
aleja de un saque la posibilidad de control, y quien
consiga esa masa gelatinosa del desdén se irá
diluyendo en un vaso, con un Alka Seltzer adentro. 
 
Tengo un resentimiento que no se puede deshacer.
Me pegaste donde duele; no conseguí reír del todo:
tus apuntes no son un epitafio digno, y es ahí cuando
decidí actuar sobre asuntos por el estilo, como
parte de la eficiencia de aplastar lo que no sirve.
“Es el librito rojo el que hace que todo se mueva.
La bomba atómica es un tigre de papel. El enemigo
no cree en desaparecer por sí mismo. Los bebés
se escapan y yo huyo. Las putas gritan; yo río”.
 
No se trata de derrame, sino de derramamiento.
El alma no es lo único que se encuentra desnudo;
también vos, aunque en ocasiones muy espaciadas.
Pero como no creo en eso, sólo imagino que
de nuevo apelaste al sentido común del lenguaje
–ah, la menos común de todas las herramientas,
a las que echamos mano cada vez que estamos
impedidos de hablar o hacernos entender.
Es un fiasco el alma cuando sostiene apenas
la carpeta asfáltica de un pensamiento rápido. 
 
“Digan lo que digan, en este lugar de mierda
llueve todo el tiempo. Menos mal que no te gusta
la lluvia, mucho menos el tiempo”. Mao vence.
 
De manera que, en vez de preguntar,
te metés entre tus padres, y de ese bingo
ciego despertás para saludar al pelotón
de fusilamiento. Más bien corta, abierta,
levantada y con extremos redondeados.
Ideal para épocas calurosas y salidas informales.
Se recomienda llevar ese cuello a la playa,
en actividades cercanas al mar, o preferible
de noche, para un toque más formal. 
 
No es derrame, es derramamiento. “En un espacio
tan pequeño hay que quemar todo lo periférico.
Cuando pago, lo hago a valor oro”. ¿En serio
pensaste que podría ayudarte a recordar tu nombre?
 
“Pero si no te hice nada, ya me abrocho.
¿Lo ves? Es el pasado. No será la primera vez
que veas de cerca un hombre”. Así te recuerdo,
con total nitidez, un lugar bastante húmedo
donde no hay nada más trascendente
que haberte ignorado. Poesía eres tú. 
 
Y después, acercate, quiero enseñarte algo.
Me hablabas de Babilonia, esa criatura
oriental junto al agua, bien sentada
sobre una bestia escarlata llenándose
de nombres donde no figura el tuyo.
Por momentos, no me decido a expulsarte
del fondo de la memoria. Es fácil: el viejo
Witold sostenía que la belleza calma menos
que un geniol, pero no todo remedio logra
tales efectos como si fuesen secundarios. 
 
Porque el hombre “es como un clavo: el que
cede no penetra”, decía aquel artista europeo
antes de dejar esta tierra de eventuales criollitos.
 
Vos preferiste hacerte el muerto, como
un animal que huele el peligro y quiere
sólo alejarlo con cerrar los ojos y echarse
al pavimento. Lo mismo te pasan por arriba;
porque a un obstáculo no se lo elude,
se lo embiste como a una bolsa de papas,
yendo a su encuentro a velocidad crucero.
Si deciden salir a cabalgar, que no sea
sobre el lomo de un caballo de madera.
 
 
 
8 de octubre de 2021

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