«[...]Cuando estamos frente a un poeta capaz de crear con su palabra árboles y pájaros, estamos ante un poeta necesario. Sabido es que existen otros poetas —los imprescindibles, los inmortales, los avasalladoramente humanos— que aprenden pacientemente el arte de hacer jaulas de oro, construyen luego pájaros cantores y después levantan a golpe de sílabas los inmensos y frondosos árboles en donde el canto, y no los pájaros, pueden vivir. Algunos de estos poetas logran romper todo molde rimador, las versificadas formas rígidas, y acuden a una poesía que está más allá de la innecesaria clasificación retórica, de tal manera que son capaces de crear árboles gigantes, majestuosos, verdísimos, llenos de toda suerte de flores y cada una de esas flores está llena de infinitos perfumes, sólo que el árbol ya no tiene nidos, ni aves, pues no los necesita: el árbol canta. Así, los verdaderos poetas crean y escriben, paradójicamente, árboles que cantan y lloran y andan: vastos jardines, bosques, palmares, manglares y selvas habitados por parvadas de árboles que trinan, siempre, con una sensualidad y una carnalidad vegetal, dendromorfa, hedónicamenteclorofílica que nos toca el corazón y nos lo maravilla. El poeta cabalga sobre un árbol que canta mientras tala —desde la raíz— el canónico y podrido tronco de la tradición con el afilado machete de su clorofílica y metamórfica lengua. [...]
(Fuente: Martín Zúñiga Chávez)
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