[Dejar de ser: salir]
Dejar de ser: salir
Ya no ser más el pájaro en la rama
ni en su lama la rana; ser la piedra
parda y pulida del Río Amarillo, la piedra
de toque voraz, piedra rodada
por el mundo: canto; ya no ser
más la piedra ser el árbol prendido
a la curva terráquea, árbol
votivo, lleno de pájaro vacío de copa
árbol que habla en susurro; ya no ser
más el árbol ser el fruto
de la estación que anuncia, fruto
del trabajo y fruto prohibido
del placer; por ejemplo: esa manzana
en el sexo de la niña; ya no ser
más el fruto ser la niña
que mira en la ventana, ¿qué mira la niña?
mira la costa de Argelia, mira Costa de Marfil
¡mira! allí va Ulises; ya no ser
más la niña ser Ulises, ileso
de sirena en su Ítaca; ya no ser
más su Ítaca ser Minotauro sin miedo
y herir la ingle de la muchacha inglesa
que puede ser Ariadna, que puede ser el pájaro
quetzal o Quetzalcóatl, el dios que dijo adiós
porque dejar de ser es ser como él: pasar
por colibrí y no pasar por la novia
no pensar en Esperanza cuando llegue
la desesperanza, y es seguro
que desesperanza llega ya que es afluente
es diluvio y es llanto militar; dejar de ser
será deshacer el poema en su iglú
declinar a Juana la de Ibarbourou, saludar
sobre el puente de Brooklyn con la izquierda
y bendecir con la derecha; será
no dar la hora al César: dar la gracia
y cerrar el servicio.
Dejar de ser: caminar sobre el agua.
XIX
Sucesos que acaecen en la nada. Nadan
ahí, niegan la trascendencia; devienen.
Suceden ciclos cíclicos. La cima es simulacro;
símil de lo real, como esa escritura que fluye
sin son ni sonido real sobre el papel; simplemente
sucede como el sol o Sodoma y Gomorra -dicen.
¿Pero, quién dice esto que digo sin sentido? ¿Él?
¿Yo? ¿Lo que se sienta y sigue, aquí, por extensión,
por insistencia? Aquí lo tienen, como ayer,
en esa savia salobre por el mar y la madre. El mar
está allí y alguien canta -una mujer de Quebec
canta en la noche-, porque la noche se hizo
para cantar, para que ella cante ahora sin fin,
como quien escribe sin saber en verdad adónde
va, ¿adónde va la luz o el canto o la escritura
que avanza sin precisar destino cierto? No es preciso
saberlo, ¿sabes? -no precipites: prosigue. Sí,
lo sé, lo sigo por eso, para deshacer, deshilar
la simiente: la perla del saber sin celo.
La ciencia incierta de este devenir, de esta
prematura prótesis de vida: la escritura
es prótesis -no protestes-, pide que no pare
para no caer a renglón seguido en el vacío,
en la báscula ingrávida de la vida. Le vide
-como dicen, ¿quién? La voluntad, la voluntad;
ser voluntario de la consecución y consecuente
con eso que no se sabe pero pulsa
en el diapasón de la salida, en la diáspora del ser.
¡Pero qué sinceridad en todo! Me conmueve
tu toreo matador; mírate: monarca enancado
en ese reverbero sísmico; dolor es
lo que ata este desglose, el goce apenas
se siente en su ausencia; simio, palabras
y pirámides te preceden: Chernobil
en el aire de la palabra queda, si es que algo
queda en esta resta hacia el don de nadie;
amables ignorancias vocativas, ¿voluntad?
es lo que sobra para seguir si alguien
se atreviera a seguir en esta planicie del presente.
Demasiado presente agobia, petrifica,
fósil. Sucesos, que se llaman.
ahí, niegan la trascendencia; devienen.
Suceden ciclos cíclicos. La cima es simulacro;
símil de lo real, como esa escritura que fluye
sin son ni sonido real sobre el papel; simplemente
sucede como el sol o Sodoma y Gomorra -dicen.
¿Pero, quién dice esto que digo sin sentido? ¿Él?
¿Yo? ¿Lo que se sienta y sigue, aquí, por extensión,
por insistencia? Aquí lo tienen, como ayer,
en esa savia salobre por el mar y la madre. El mar
está allí y alguien canta -una mujer de Quebec
canta en la noche-, porque la noche se hizo
para cantar, para que ella cante ahora sin fin,
como quien escribe sin saber en verdad adónde
va, ¿adónde va la luz o el canto o la escritura
que avanza sin precisar destino cierto? No es preciso
saberlo, ¿sabes? -no precipites: prosigue. Sí,
lo sé, lo sigo por eso, para deshacer, deshilar
la simiente: la perla del saber sin celo.
La ciencia incierta de este devenir, de esta
prematura prótesis de vida: la escritura
es prótesis -no protestes-, pide que no pare
para no caer a renglón seguido en el vacío,
en la báscula ingrávida de la vida. Le vide
-como dicen, ¿quién? La voluntad, la voluntad;
ser voluntario de la consecución y consecuente
con eso que no se sabe pero pulsa
en el diapasón de la salida, en la diáspora del ser.
¡Pero qué sinceridad en todo! Me conmueve
tu toreo matador; mírate: monarca enancado
en ese reverbero sísmico; dolor es
lo que ata este desglose, el goce apenas
se siente en su ausencia; simio, palabras
y pirámides te preceden: Chernobil
en el aire de la palabra queda, si es que algo
queda en esta resta hacia el don de nadie;
amables ignorancias vocativas, ¿voluntad?
es lo que sobra para seguir si alguien
se atreviera a seguir en esta planicie del presente.
Demasiado presente agobia, petrifica,
fósil. Sucesos, que se llaman.
[Decía acacia. Decia…]
Decía acacia. Decía por la boca acacia fresca
cuando sonreía (esas que lloran por inmensamente
felices cuando el viento las marea en verano,
mimosáceas). Y entonces yo la acariciaba. Yo que era
un caballo bermellón sabía de caricias y de acacias.
Ella me hacía ver. ¿Ves —me decía a veces—
la gota en medio del río? ¿El cuerpo liso, húmedo,
de la única? Ella hace la marea visible —me decía—,
hace en la visible marea su granero, su estancia
de mover; de allí salpica y salta ante la roca,
se irisa al sol en lo breve y cae —no sé si cae
o tal vez se zambulle de nuevo en lo continuo.
Luego hacía silencio para dejar. Siempre dejaba.
No abría la boca para nada, ni para decir.
Todo aquello que decía lo hacía —así era ella.
Los viajes eran lo mejor, la fuerza en esos viajes.
Cuando viajaba dormía en el caballo; algo
en su respiración tañía; creaba un color en el aire,
un aroma triangular, sin crepúsculo. Yo
no hacía otra cosa que escuchar. Es verdad
que a veces hacía nidos (de hornero) —ella
entendía el espesor de mi intento: señalaba
algo para que ardiera, aparejando el fervor
hablaba con el fuego —no me miraba entonces—
hablaba con el fuego hasta que el fuego
se hacia fuente, chorro de ámbar detenido,
cristalino, y a veces crisálida. Comíamos,
silenciosos, cansados, en la orilla,
un trozo de pan ázimo —así era. No retornaba,
la Distinta no tenía destino ni verdades
para descifrar; frisaba el mundo sin mácula
como la calandria (muy semejante a la alondra);
componía poemas, yo creo que componía poemas
a la manera del de Éfeso (¿540-480? a. de J.C.),
aunque eso no me consta. Me consta, sí,
que cantaba, sin pausa lo hacía hasta que el canto
era un silente sembradío de sones sobre el mundo,
un mundo igual al canto igual al mundo. Yo
enmudecía —no hacía otra cosa que escuchar.
Yo que era un caballo bermellón acariciaba
el anca del mundo, cuidaba en mi silencio
su sonido; bajito, silbaba por los belfos
y venían de lejos los pájaros —tucanes, tordos,
tijeretas, teruteros, galantes garzas blancas
que venían—, aves de un orbe mudo y melodioso
haciendo en ese canto su morada. Digo
lo que yo vi —que otros repitan, si quieren,
lo contrario. Pero esa mirada no se borra.
¡Qué mirada la de ella! ¡Qué manera de amar
en la mirada! Quena de luz que quema —le decían.
Era: como una fálica diosa que se alza la falda
y detiene en su gesto por un momento al mundo;
como Francisco y Agustín comiendo juntos. Era:
como si lo poroso fuera lo compacto: el poro
y el tacto. Era: como ahora, vigilante-indefensa
la facciosa. Comandaba potros —¿cómo? no lo sé.
Y sí que era: como un complot de la virtud —qué hermoso;
como los Dináricos, o Dalmáticos, o Ilíricos (nudo
montañoso de la ex-Yugoslavia —Bosnia y Herzegovina—
paralelo a la costa del Adriático); como una Ultima Cena
(de Leonardo), o un déjeuner sur l’herbe. Era
—y con temor a repetirme—: virtuosa y valiente,
pero antes que valiente era blasfema porque sobre todo
era virtuosa. Amaba el riesgo —¿ya lo dije?—
sabiéndose exponer mostraba su herida como Beuys,
y si de carne hablamos, ni hablar que era de carne,
de órganos y flujos y tendones —o fonemas, en caso de la voz—,
como una gracia dada en el momento mismo de encarnar.
De carne era al querer. Era: un tambor en la noche,
intocado, sonando; como si fuera polen, así de leve
se elevaba, cubría el sol si quería, dorando en derredor.
Y había quien no la veía: como torpes topos sin ton,
ni soneros eran, ni nada: sombras, sonámbulos, espíritus
hambrientos y sedientos. Buddhas y bodhisattvas y Rinzai
—quien dejó escrito o dijo: «Los movimientos surgen
de las partes abdominales y el aliento que atraviesa los dientes
produce diversos sonidos. Cuando se articulan tienen
sentido lingüístico. Así comprendemos con claridad
que son insustanciales»—, yo creo que sí la veían. Verla
era una fiesta como en Eleusis (al noroeste de Atenas,
donde había un templo de Deméter); era al verla que uno
bailaba en la quietud del estupor, como una perla. ¡Y qué
asombro asomaba en la cara al sentir cómo ella bailaba!
De común acuerdo con todo, contonea; conviene mirar que,
cuando baila, no deja de obrar —exonera y construye,
con una mano hace lo que deshace con la otra; ama
sin pasión el proceso, las situaciones donde entra y sale
como si no estuviera dedicada (y a nada está
dedicada); se expresa en libertad. Así de verdad era:
verdadera, no vacía, ni vacilaba al llamar las cosas
por su hipotético nombre. Yo amaba —en mi caso
con pasión— esa elocuencia ubicua de la Loca —morena—
de-brasa-encendida-en-los-pies-; como podía amaba
a la Imposible: haciéndola en el sueño la tatuaba; siempre,
en el aire indistinto, era distinta; daba trabajo verla.
Liturgia también hice de su Venus —prominente monte que trepé
para postrarme— al encontrarla, allí, florida y en ofrenda.
Y ahora veo claro: es claro que la veo. Sin límites
que puedan detenerme galopo sus comarcas infinitas,
veloz el galgo que, bajo mis patas, al levantarse el polvo
se dibuja; sombra de las acacias en la grupa,
risa de ella en la sombra y también risa de ella
en ese sol —hasta que rastra entre los rastrojos es su risa.
Galopo en ese ritmo que es su nombre; pulcro
salto el horizonte y caigo —enclave de ella
en todas partes— tranquilo y fuerte sobre su virtud.
Así me aferro al cambio —acaso como acacia
que en la tierra subir su savia siente— y me demudo
y antes que nada —y después que nada—
y en todos los sentidos agradezco.
cuando sonreía (esas que lloran por inmensamente
felices cuando el viento las marea en verano,
mimosáceas). Y entonces yo la acariciaba. Yo que era
un caballo bermellón sabía de caricias y de acacias.
Ella me hacía ver. ¿Ves —me decía a veces—
la gota en medio del río? ¿El cuerpo liso, húmedo,
de la única? Ella hace la marea visible —me decía—,
hace en la visible marea su granero, su estancia
de mover; de allí salpica y salta ante la roca,
se irisa al sol en lo breve y cae —no sé si cae
o tal vez se zambulle de nuevo en lo continuo.
Luego hacía silencio para dejar. Siempre dejaba.
No abría la boca para nada, ni para decir.
Todo aquello que decía lo hacía —así era ella.
Los viajes eran lo mejor, la fuerza en esos viajes.
Cuando viajaba dormía en el caballo; algo
en su respiración tañía; creaba un color en el aire,
un aroma triangular, sin crepúsculo. Yo
no hacía otra cosa que escuchar. Es verdad
que a veces hacía nidos (de hornero) —ella
entendía el espesor de mi intento: señalaba
algo para que ardiera, aparejando el fervor
hablaba con el fuego —no me miraba entonces—
hablaba con el fuego hasta que el fuego
se hacia fuente, chorro de ámbar detenido,
cristalino, y a veces crisálida. Comíamos,
silenciosos, cansados, en la orilla,
un trozo de pan ázimo —así era. No retornaba,
la Distinta no tenía destino ni verdades
para descifrar; frisaba el mundo sin mácula
como la calandria (muy semejante a la alondra);
componía poemas, yo creo que componía poemas
a la manera del de Éfeso (¿540-480? a. de J.C.),
aunque eso no me consta. Me consta, sí,
que cantaba, sin pausa lo hacía hasta que el canto
era un silente sembradío de sones sobre el mundo,
un mundo igual al canto igual al mundo. Yo
enmudecía —no hacía otra cosa que escuchar.
Yo que era un caballo bermellón acariciaba
el anca del mundo, cuidaba en mi silencio
su sonido; bajito, silbaba por los belfos
y venían de lejos los pájaros —tucanes, tordos,
tijeretas, teruteros, galantes garzas blancas
que venían—, aves de un orbe mudo y melodioso
haciendo en ese canto su morada. Digo
lo que yo vi —que otros repitan, si quieren,
lo contrario. Pero esa mirada no se borra.
¡Qué mirada la de ella! ¡Qué manera de amar
en la mirada! Quena de luz que quema —le decían.
Era: como una fálica diosa que se alza la falda
y detiene en su gesto por un momento al mundo;
como Francisco y Agustín comiendo juntos. Era:
como si lo poroso fuera lo compacto: el poro
y el tacto. Era: como ahora, vigilante-indefensa
la facciosa. Comandaba potros —¿cómo? no lo sé.
Y sí que era: como un complot de la virtud —qué hermoso;
como los Dináricos, o Dalmáticos, o Ilíricos (nudo
montañoso de la ex-Yugoslavia —Bosnia y Herzegovina—
paralelo a la costa del Adriático); como una Ultima Cena
(de Leonardo), o un déjeuner sur l’herbe. Era
—y con temor a repetirme—: virtuosa y valiente,
pero antes que valiente era blasfema porque sobre todo
era virtuosa. Amaba el riesgo —¿ya lo dije?—
sabiéndose exponer mostraba su herida como Beuys,
y si de carne hablamos, ni hablar que era de carne,
de órganos y flujos y tendones —o fonemas, en caso de la voz—,
como una gracia dada en el momento mismo de encarnar.
De carne era al querer. Era: un tambor en la noche,
intocado, sonando; como si fuera polen, así de leve
se elevaba, cubría el sol si quería, dorando en derredor.
Y había quien no la veía: como torpes topos sin ton,
ni soneros eran, ni nada: sombras, sonámbulos, espíritus
hambrientos y sedientos. Buddhas y bodhisattvas y Rinzai
—quien dejó escrito o dijo: «Los movimientos surgen
de las partes abdominales y el aliento que atraviesa los dientes
produce diversos sonidos. Cuando se articulan tienen
sentido lingüístico. Así comprendemos con claridad
que son insustanciales»—, yo creo que sí la veían. Verla
era una fiesta como en Eleusis (al noroeste de Atenas,
donde había un templo de Deméter); era al verla que uno
bailaba en la quietud del estupor, como una perla. ¡Y qué
asombro asomaba en la cara al sentir cómo ella bailaba!
De común acuerdo con todo, contonea; conviene mirar que,
cuando baila, no deja de obrar —exonera y construye,
con una mano hace lo que deshace con la otra; ama
sin pasión el proceso, las situaciones donde entra y sale
como si no estuviera dedicada (y a nada está
dedicada); se expresa en libertad. Así de verdad era:
verdadera, no vacía, ni vacilaba al llamar las cosas
por su hipotético nombre. Yo amaba —en mi caso
con pasión— esa elocuencia ubicua de la Loca —morena—
de-brasa-encendida-en-los-pies-; como podía amaba
a la Imposible: haciéndola en el sueño la tatuaba; siempre,
en el aire indistinto, era distinta; daba trabajo verla.
Liturgia también hice de su Venus —prominente monte que trepé
para postrarme— al encontrarla, allí, florida y en ofrenda.
Y ahora veo claro: es claro que la veo. Sin límites
que puedan detenerme galopo sus comarcas infinitas,
veloz el galgo que, bajo mis patas, al levantarse el polvo
se dibuja; sombra de las acacias en la grupa,
risa de ella en la sombra y también risa de ella
en ese sol —hasta que rastra entre los rastrojos es su risa.
Galopo en ese ritmo que es su nombre; pulcro
salto el horizonte y caigo —enclave de ella
en todas partes— tranquilo y fuerte sobre su virtud.
Así me aferro al cambio —acaso como acacia
que en la tierra subir su savia siente— y me demudo
y antes que nada —y después que nada—
y en todos los sentidos agradezco.
SOSA, Víctor. Oroboro. Poesía reunida 1992-2013. Edição especial em espanhol.
São Paulo: Lume Editor, 2013. 104 p. 14x23 cm. ISBN
978-85-8234-027-1 Projeto gráfico/editor do livro: Francisco dos
Santos.
(Fuente: Antonio Miranda.com)
(Fuente: Antonio Miranda.com)
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