AUTORRETRATO
(Fragmento)
Yo soy una señora:
tratamiento
arduo de conseguir,
en mi caso, y más útil
para alternar con
los demás que un título
extendido a mi
nombre en cualquier academia.
Así, pues, luzco mi
trofeo y repito:
yo soy una señora.
Gorda o flaca
según las
posiciones de los astros,
los ciclos
glandulares
y otros fenómenos
que no comprendo.
Rubia, si elijo una
peluca rubia.
O morena, según la
alternativa.
(En realidad, mi
pelo encanece, encanece.)
Soy más o menos
fea. Eso depende mucho
de la mano que
aplica el maquillaje.
Amigas... hmmm... a
veces, raras veces
y en muy pequeñas
dosis.
En general, rehúyo
los espejos.
Me dirían lo de
siempre: que me visto muy mal
y que hago el
ridículo
cuando pretendo
coquetear con alguien.
Soy madre de
Gabriel: ya usted sabe, ese niño
que un día se
erigirá en juez inapelable
y que acaso, además,
ejerza de verdugo.
Mientras tanto lo
amo.
Escribo. Este poema.
Y otros. Y otros.
Hablo desde una
cátedra.
Colaboro en revistas
de mi especialidad
y un día a la
semana publico en un periódico.
Sufro más bien por
hábito, por herencia, por no
diferenciarme más
de mis congéneres
que por causas
concretas.
Sería feliz si yo
supiera cómo.
Es decir, si me
hubieran enseñado los gestos,
los parlamentos, las
decoraciones.
En cambio me
enseñaron a llorar. Pero el llanto
es en mí un
mecanismo descompuesto
y no lloro en la
cámara mortuoria
ni en la ocasión
sublime ni frente a la catástrofe.
Lloro cuando se
quema el arroz o cuando pierdo
el último recibo
del impuesto predial.
*
DOS MEDITACIONES
I
Considera, alma mía,
esta textura
áspera al tacto, a
la que llaman vida.
Repara en tantos
hilos tan sabiamente unidos
y en el color,
sombrío pero noble,
firme, y donde ha
esparcido su resplandor el rojo.
Piensa en la
tejedora; en su paciencia
para recomenzar
una tarea siempre
inacabada.
Y odia después, si
puedes.
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