lunes, 17 de agosto de 2020

Pilar Adón (Madrid, España, 1971)



ESTIGMA



Nunca la vi llorar. A mi abuela.
Se le salió la matriz por la vagina
y ella se la curó con limón
porque todo los trataba con limón. Y con saliva.
Barro, humedad y fuego.
La punta babeada de los pañuelos en el batín.
Las medias de algodón. Agujeros en su falgris de abuela.
Y las capas de tela desdibujada
tras las que ocultar el calor enchufado a la trampa
que colgaba del techo.

No preguntar. No saber.
Metió el pulgar en la tierra y lo sacó negro.
Barro seco y disperso. Pedazos de ladrillos bajo las plantas.
Restos pegados a las púas del tenedor.

Elevaba el cuchillo por encima de los hombros.
Lo bajaba y lo hundía en la madera.
Cortaba las uñas a las niñas recién nacidas
para que cantaran bien, como ella.
Voz de ofrenda, voz de Pascua.
Conmigo no lo hizo.
Yo era de rodillas arañadas, picadura de avispa.
Huida de insectos y huida de juegos.
Ser orgánico que crecía. Mudaba y crecía
al tanto de mi situación.

Con las manos alrededor. Las cejas sobre las piernas.
O cruzada de brazos
caminando hacia el puente.
Botas altas al borde de la presa.
Sin admitir el abandono ni la pauta.
La cólera de la herencia.
El bálsamo del humo distante. La calidez y el resguardo
de la casa. Carretera arriba.
La incertidumbre y el temblor
si nadie volvía a buscarme.
Las burriagas del bocadillo. Las lágrimas tras el coche
que arrancaba y desaparecía.

Tanta traición. Tanta reverencia.
Sus papeles con tersura de piedra, base en los cajones.
Paños en cuadros quemados. Vasos sucios.

Perdió un hijo y un marido.
Se quedó ciega. Y la atamos a una silla
para evitar que se tirara al suelo y reptara hasta su patio
lejos de ancianos tendidos sobre las mesas,
unidos por su calidad de ancianos.
Derribados sobre falsos sofás.
Envueltos en falsas mantas y en sonrisas postiza.
Con las uñas crecidas y los labios prietos,
entre voces conocidas que arropaban en tonos azules
y por la mañana entregaban desayunos.
La piel, cápsula gris, respondiendo al pliegue
de cada dedo.
En medio del orín y el desinfectante.

La niña se llamará Julia.
¿No ves la moto ahí fuera?

Siempre quiso estar en su casa, mi abuela.
Y ahora la van a vender por 30.000 euros.






en Las órdenes

La Bella Varsovia


(Fuente: Papeles de Pablo Müller)

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