Hombre
Bajo el ojo demente de la anémona
los muertos se tiñen de la corriente roja del otoño.
Cantaron piedras en la voz.
Llave de fierro en la lengua.
El cielo punzó de pronto el costado de las pomas
con un dedo de hierro oliendo el ozono de los palomares.
Tus párpados agudos
fueron las catedrales doradas por la lluvia marginal.
El agua se agregó a los vitrales en ángel inodoro
y todo se pobló rápidamente de caballos y de carrocerías laceradas.
Los niños encendían su voz como una lámpara exangüe.
En las noches se balanceaban las lámparas de sus voces.
El bosque metió en movimiento su mecánica
donde cada engranaje de hoja
se hincaba entre pájaros aún en crisálida.
Como extremo las constelaciones
ahorcando campanarios y gallos imantados.
En
un desierto familiar los leones dormían.
Entonces tú volcaste la página.
Tus ojos se habitaron de horror y grabados de madera.
La antigua Babilonia de hilos telefónicos
traspasada de voces y de trenes desiertos
te vació los tímpanos hasta la alucinación
y su savia reía en tu interior
en arcoíris secos y picoteados por los aviadores teledirigidos.
Pinares
Los antiguos pinares
huelen a cielos sudorosos
a días que ondean
como trigales amarillos.
El viento cuelga su esqueleto
en ellos
posa el sol sus palomares
líquidos.
Acaso sus raíces
han palpado el rostro
de muertos inefables
o reunido los órganos
de una pájaro de cal.
Hoy sacian
oscuros corazones
de madera
en incunables de agua
en esos pergaminos
grabados en hueco
con países
donde el viento
tiene barbas de apóstol.
Y coléricos
alteran el aire seco
sacudiéndolo en su telaraña
desprendiendo
hojarasca de humo disecado.
Recuerdan
que ángeles diluidos de estío
bajaron a vendarles
las llagas
cuando la tierra
desecaba sus rojos leprosarios.
*
Y saben que al tiempode las metamorfosis
una voraz primavera
los brotará del fondo
de la tierra donde
cadáveres segregadores
de minerales venenosos
estarán esperando
a un dios estremecido
de sangrientas linfas.
En su libro Del tiempo de la muerte.
@poetasdelfindelmundo
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