jueves, 6 de agosto de 2020

Djuna Barnes (EEUU, 1892 - 1982)







El bosque de la noche  (fragmentos escogidos)

 

 


No importa dónde ni cuándo lo encuentres; notarás que viene de algún lugar, no importa cuál –algún país al que ha devorado más que habitado, una tierra secreta en la que ha sido alimentado pero que no puede heredar, porque el judío parece estar en todas partes y no venir de ningún sitio.

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Una raza que ha huido de sus generaciones de ciudad en ciudad no ha tenido el tiempo necesario para acumular esa robustez que produce la obscenidad, ni tampoco, después de la crucifixión de sus ideas, ha generado en veinte siglos el suficiente olvido como para crear leyenda… La desgracia del judío nunca le viene de sí mismo sino de Dios; su rehabilitación nunca la consigue por sí mismo sino por un cristiano. El cristiano con su tráfico de penitencias, ha hecho de la historia de los judíos una mercancía; es el medio por el cual el judío recibe, en el momento necesario, el suero de su propio pasado, a fin de que pueda volver a ofrecerlo como sangre.

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Cuando se encontraba con aquella gente, hombres que olían menos que sus animales y mujeres que olían más, Félix tenía la sensación de paz que antes experimentaba sólo en los museos. Evolucionaba con un humilde histerismo entre los brocados y las blandas ajadas del Carnavalet; amaba aquel viejo y documentado esplendor con un amor parecido al que el león tiene por su domador –ese enigma sudoroso y salpicado de lentejuelas que, al imponerse al animal, le muestra un rostro de cierto modo parecido al suyo propio, pero que, aunque curioso y débil, había extraído de su cerebro la furia necesaria.

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Vamos a plantearlo de otro modo: la Iglesia luterana o protestante contra la católica. La católica es la muchacha a la que uno quiere hasta el extremo de dejarse engañar y la protestante es la que te quiere tanto que se deja engañar por uno y ante la que puedes fingir muchas cosas que no sientes. Lutero, y espero que no le importará que yo lo diga, fue el carnero más basto que haya ensuciado su propia paja, y todo, porque le habían arrebatado la custodia de “la remisión” de los pecados de la gente y las indulgencias, que por aquel entonces venía a ser la mitad de todo lo que tenían, y que el viejo fraile de Wittenberg quería administrar a su manera. De manera que, naturalmente, se puso furioso y empezó a despotricar, chillando como un mono en un árbol, y puso en marcha algo que nunca había pensado (o, por lo menos, así parece confirmarlo lo que está escrito en su lado de la mesa del desayuno), una megalomanía obscena –y por furiosa y desvergonzada que sea, tiene que parecer clara, fría y documentada, o no prevalecerá.

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Gracias a mi Creador, yo tenía al animal de cara, y la pobre vaca temblaba sobre sus cuatro patas de tal modo que de pronto supe que la tragedia de un animal puede ser dos patas peor que la del hombre.

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Los irlandeses pueden ser tan ordinarios como la caca de la ballena, con perdón, en el culo del océano, con perdón, pero tienen imaginación, y –agregó- una miseria creativa que les viene de haber sido derribados por el diablo y levantados por los ángeles.

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A veces, uno encuentra a una mujer que es bestia en trance de hacerse humana. Cada movimiento de esta persona se reducirá a la imagen de una experiencia olvidada, espejismo de una boda eterna proyectado sobre la memoria racial; una alegría tan insoportable como lo sería la visión de un antílope bajando por una arboleda, coronado de azahar, con el velo nupcial y una pata levantada en acción temerosa, caminando con el pálpito de la carne que será mito; al igual que el unicornio no es ni hombre ni animal disminuido sino ansia humana que comprime el pecho de su presa.
Esa mujer es portadora de gérmenes del pasado: delante de ella nos duele la estructura de la cabeza y las mandíbulas; nos parece que podríamos comérnosla, a ella que es la muerte devorada que vuelve porque sólo entonces acercamos la cara a la sangre que hay en los labios de nuestros antepasados.

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El último músculo de la aristocracia es la locura, recuérdelo.

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“Tiene el tacto de los ciegos que, por ver más con los dedos, olvidan más con la mente”.

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Ella rezaba, y su oración era monstruosa, porque no quedaba en ella margen para la condenación ni para el perdón, para la alabanza ni para el reproche –los que no pueden concebir un pacto no pueden ser salvados ni condenados. Ella no podía ofrecerse a sí misma; con la preocupación se autoalimentaba.

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En el “sufrimiento del mundo” hay un hueco por el cual el ser singular cae continua, interminablemente; es un cuerpo que se precipita por el espacio observable, privado de la intimidad de la desaparición; como si la intimidad, apartándose inexorablemente, por el mismo poder sustentatorio de su retirada, mantuviera el cuerpo descendiendo eternamente, pero siempre en el mismo sitio y siempre a la vista.





(Fuente: El hombre aproximativo)

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