jueves, 16 de julio de 2020

Enrique Falcón (Valencia, España, 1968)



La marcha de 150.000.000: El Saqueo




1/I



Porque nada sé de ti


que no sea el paso de los bueyes por el rostro



no


de ti porque frente eres


alta de piedra y cordillera en lucha



empinándote con venas sobre todas estas marchas


gimiendo tú de fugas y estaciones secas en la cárcel



por


eso digo



que nada es tuyo y que dibuja


mi palabra nevados por la sangre


       que la hambruna habría de robarnos


(así los muertos) pájaros heridos y asco de montañas aullándote los ojos-


bien-


aventuradas estas manos es-


tas clavículas en paso incierto por las lomas


       dolorosas de mi cuerpo blanco,


porque sé que no eres cáncer


ni hierba triste torciéndote los hombros



Como un músculo mordido,


como un cuenco de salitre


vi tu huída de las chozas, tu muerte en matemática


oleada de sogas y puñales,


la mordaza de la hoja tras el ruido,


no yo,


antes que cayeran las sonajas de la noche.


       (Porque nada sé de ti,


para dejarme matar


he de dejar de mirarte):


Del



desastre entre nosotros, un hombre que escapa


un hombre


perdido de orinas, nuevamente como ciervos


mojándose de luto,


un hombre entre los dedos, una rabia


de arena a las bocas de la muerte,


(...porque sé que desconoces...)


la costa entre el infierno en los Estados de Sitio,


y el olor del amoniaco y el éter desgarrándote el espanto


allí donde los valles


y una siembra de mercurio te concentra,


porque nada sé de ti


que no sean tus muslos hablándome tan altos...



que la agitación


larga de las luces



-escarcha y baba de volcanes son mi rostro-


rechine tras la edad de los dioses absurdos


y al final se desentierren 20.000 flores negras


(«...que cien escuelas rivalicen...»)


20.000 espaldas con capuchas y electrodos:


una líquida mención


a reclusiones bajo régimen de aislamiento


       ... Sin ropa apenas


       acribillado de estrellas nueve veces,


       emboscado tras el miedo


       y el pulmón peleando por una nueva barricada boreal...



Porque nada sé de ti


ni el lugar donde te entierran látigo-de-barro,


que la tierra es de los pobres, cer-


vatillo de estaños tu mejilla y plática del tigre


Por eso las nieves se deslizan de tus ojos


parecida tú a ti cuando hablas


(frío adentro) y revives la revuelta


de los puños en Mayo



y el reparto de la tierra y la


necesaria expropiación del pan, o su conquista,


       porque el propio jirón del vuelo ha predicado tu nombre en las matanzas


       porque dices arrasal de arena entre las calles


       porque tú, parecida a ti,


nada eres sino cuerpo en horizonte


       y recodo de savia y bilis ansiosa de metal


(ansia tú, toda prodigio


hondo de la boca):



...”destruidnos juntos”.






1/V



De línea en línea,


junto a esta alambrada de corazones, poderosa alga insolente,


si el fusil ha llegado a taladrarnos casi toda conciencia


y nuestros hijos han ido cayendo


como en un silencio de palmas


eternamente enrojecidas. Si


hasta entonces hemos levantado la mano y los clavos de la mano


y todas nuestras cartas han brindado en el color en quiebra del olvido


desbordadas de oro y níquel,


rudas como extrañas gargantas


o clavículas de nieve. Si


hemos soñado en una tierra que acoja


y alivie nuestro paso con un poco de agua,


si va a venir el día


fatídico del miedo descajado,


un nicho de pólvora apenas


aquí desclavándose en mitad de los ojos.



       También ellos embarcaron


       sueño adentro


       espantados de espirales y aguabravas


       allá donde el silencio


       y una nieve enmohecida


       crepitó el silencio, los caballos altos


       de la boca


       (sueño adentro),


       de la herida.



Hemos atado al madero el signo de las lilas


atrás abandonado


junto a nuestras madres, y las lilas


idénticas al beso,


al pie de las canciones que oíamos de niños


(un hombre que llegaba cubierto en tiznes y aceituna


y sembraba girasoles con el deje de un vocablo


encabalgando la tarde, para siempre ya imposible). Si


los muslos van doliendo el golpe, el filo,


y la Marcha debiera quedar


mansamente cubierta


con las maldiciones azules de nuestros antepasados,


y así rodar por las nucas como en un absurdo castigo


de olas y carne desclavada. Si


alguien ya ha rezado sin saberse


herido y olvidado por la cruz de los caminos,


cuchilladas de polvo, jirones de sangre arrebatada, espuma con las bocas. Si


la ceniza corona los miembros amputados,


y millones de agonías. Si


tierra maldita, si voces del despojo, si trenzas. Si


vuelco de los dedos, ateridos. Si


antebrazo y clavícula agrietada. Si


tendones, si caricia, caballo lento, si fusiles.


Si cólera atragantada en mitad del sueño


y del infante agotado,



       (como tres puñales


       tres adelfas destrenzadas),



la cólera atragantada en mitad del pecho abierto,


y el grito del padre, y el tejido, y la rabia, y el tejido desbordado.



Apenas hubiéramos estado dispuestos entonces


a salir de la casa del cautivo, de la casa prometida


por los dioses de los padres, y casa fuera


para relajar los músculos y reposar el hombro sobre el llanto de la hembra,


y detrás los arenales,


y detrás el campo ennegrecido,


y detrás las lluvias locas, detrás la madreselva,


la pena descunada poseedora de los sueños.


Del letargo entre nosotros escapa un hombre...


Cubierto de grano, sobre mis dedos un hombre que escapa


un hombre que es yo -ya he dado


finalmente su nombre, enrique-luto-de-los-ciervos,


mi yo desprendido de orina,


de arena.


Y hasta que volvamos,


el lino y el sonido de los perros cazadores


apostándose en la rabia


mineral de las viejas estaciones,


hasta que sea con regreso


regreso con la arruga y la boca calentada


en palabras enroscándose a la encía,


y en el diente perforado,


por todo aquello que quisimos hace tiempo


y que ahora es hombro, muslo, tendón herido,


o seno o labio o clavícula deshecha


e inmensa marcha concentrada en torno al árbol,


el Árbol de la Cruz, y contrahachado,


los tobillos del orgullo,


la mirada de la madre,


si el fusil.




Llegado a este lugar


sería mejor que dispararais.


Que mi libro de aortas os dispare.



Y que entonces caigan los más fieros de nosotros,


que el sueño de la hambruna quede para siempre repartido


y repatriado el descaro y desmembrada nuestra rabia,


y los hijos de la marcha (poderosos amamantados de la arena)


se mezcan para siempre con el sueño ya imposible de los padres,


con el hambre genital de nuestros muslos,


con el hambre.





(Fuente:  Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes)





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