martes, 21 de julio de 2020

Atila Luis Karlovich (Bogotá, Colombia, 1953 - Reside en Buenos Aires)




CHIRCAL

 

 

sus orejas se menean tercas
al ritmo de lo que es:
mueve la piedra que muele la arcilla.
cada tanto se desparrama
el rejo del chircalero sobre su lomo:
¡burro hijueputa!
hasta ha aprendido a no comer.
él es así:
rebuzna y aguanta.
y un día cae muerto.
cuando el hombre cobra la quincena
le luce una camisa impecable debajo de la ruana carmelita.
entonces se toma, una tras otra, su petaco de cervezas,
y su ira hace tronar las mechas
en el campo de tejo.
en esas mismas tardes de sábado
su mujer
le prende un maizal de velas a la patroncita.
ahora que el tiempo se me escabulle
es como si me miraran desde muy lejos los ojos negros
de la chinita chirosa que es mi amiga.
ella apisona el barro y carga ladrillos como puede.
tiene siete años, igual que yo.
a veces jugamos a hacernos de greda,
yo a ella y ella a mí.
nos conocemos mucho,
pero no consigo recordar su nombre,
solo el roce de su mano cobriza,
solo olor a chilco, a guascas, a maíz.
en el aire
polillea humo negro,
pavesas que ensucian los colores del atardecer.
el chircal es ese castillo sombrío que siempre estuvo en mis sueños.
un día entendí que era el infierno de los que comen del barro.
mientras tanto bogotá creció color de ladrillo,
sobremanera.
en un recoveco del desaparecido chircal,
carrera cuarta con cincuenta y dos a,
sobre un sucio trapo carmesí,
la perra regalía sigue pariendo,
impertérrita,
de tetas caídas y vientre deshilachado,
fantasmal,
los destinos de la patria inmarcesible.

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