sábado, 19 de julio de 2025

Jorge Aulicino (Buenos Aires, 1949)

 

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RIMADITO

 

no se puede escribir con un revólver en la cabeza
más vale escribir con un revólver en la cintura
alcemos la torre con flaqueza, con mal de dientes,
dolor, premura
ah todos morirán, morirán deslumbrados
ante la luz de la muerte, la certeza
de haber vivido apuntalados
por escaso fervor, por pena dura
 
 
 

AUSENCIA DE UN CARANCHO

 

Lo digo ahora que pasó el verano: aquel carancho
no logró establecer ninguna relación particular
con la noche, mientras gritaba sobrevolando la casa
en el campo.
No podía esperarse que nada dependiera de su vuelo ciego.
Lo ignoraron las tejas, el molino, y sobre todo
los durmientes de la casa.
La carretera, la lechuza cazadora, la lámpara ahumada
del cuarto,
tuvieron entre sí extrañas relaciones
a las que fue completamente ajeno el carancho.
He pensado largamente en sus alas
plateadas por la luna y en los piojos que le comen la barriga
y no produjo una sola idea digna de ser tenida en cuenta.
Ni piedad su exilio, ni irritación el recuerdo de su grito agudo
[y ciego.
El carancho no se propuso como aviso de un límite,
no tiene dignidad de águila, es demasiado
animal para sostenerse en el poema.
La noche no fracasó por el carancho, ni siquiera fue un aguafiestas.
Es imposible una relación con el sinsentido del carancho.
Y así debería ser el poema, como el vuelo y el grito del carancho.
 
 

 

ZEN 

 

El maestro vio caer en el polvo
sus últimas muelas.
"Eran inútiles -se dijo-; con ellas
no podía morder ya el freno del olvido.
Ahora caerán sombras sobre las colinas de mi infancia.
La noche ocupará justamente su lugar.
Estoy en mi senda".
El maestro esperó que sus muelas fueran
cubiertas por el polvo día tras día.
"La noche llega" se dijo,
"como una tormenta de tierra."
Entonces vio cuervos descendiendo sobre el camino.
Oyó trenes en la aldea cercana.
"Todavía me quedan los ojos, los oídos", se dijo con pena.
Presa del error, cayó en la noche.
"No estoy a gusto: estoy en mi senda",
dijo, antes que lo tragara el final.
 
 
de Estación Finlandia, Editorial Bajo La Luna, 2012, Buenos Aires.
  
La imagen fue tomada del sitio de Eterna Cadencia.
 
 
(Fuente: Carles Távec) 

 

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