Luis
.
lo dejaron encerrado y solo.
Tiene comida y agua, pero nadie viene
mientras los días pasan y sé que pese a todo
se alegrará ante el ocasional y breve
regreso de los amos.
Me recuerda al tío Luis.
Era sordo, no sabía hablar,
era inocente y cuando lo conocí
era un niño envejecido.
Lo habían internado en la colonia Montes de Oca.
Cada tanto lo visitábamos o lo traíamos a casa.
Él, feliz, como nunca vi a nadie.
Emocionado, nos abrazaba
con un idioma que yo, en esos años,
no quise comprender
hasta que oí, mucho después,
aquellas horribles cosas.
El perro sigue con su llanto.
Por lo menos está vivo, pienso.
Porque a Luis, seguramente, lo mataron
para sacarle lo que sea, a saco.
No tengo cómo evitar la idea.
Quién pasea por el mundo
con las córneas de Luis,
me pregunto.
No quiso saber y no quiero saber.
Quizás, con suerte,
heredó la mirada del perro encerrado.
Ya está, dejalo:
esto pasó hace mucho,
mucho tiempo.
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