jueves, 8 de junio de 2023

Mary Ruefle (Pensilvania, EEUU, 1952)

 

El rosal silvestre

 

Tarea pendiente: podar el rosal silvestre. Si

hubiera podado el rosal silvestre hoy, mi vida

podría seguir andando sobre zancos nuevos, tendría

una mejor perspectiva del futuro y podría avanzar más lejos

de lo que puedo imaginarme en este instante. Pero el rosal

ya fue podado muchas veces, vivió

sesenta años de niñez, sintió como se hinchaban sus frutos

para ofrecerles sus pepitas rojas a los pájaros, vio

a la abaja inflar la dedalera, hinchando sus cálices

con asombrosa rapidez, y escuchó aplaudir

a las enormes rosas, se murió de vergüenza y nunca fue capaz

de hacer nada al respecto, igual que yo, incapaz de una tarea

tan sencilla como podar, que es algo bueno para el mundo,

que rescata al mundo del borde del desastre, que lo ayuda

a olvidar sus pesares recientes y sus pesares no tan recientes

y sus pesares antiguos. A duras penas pueden decir que soy humana,

por más que tenga unas tijeras de podar. Nunca sufrí

y jamás conocí a ningún héroe. Mi papé nunca dijo ni hizo

nada de interés. Nunca me dijo: “Si estás enojada,

volcá todo lo que comiste en tu vida en el mar,

 

Traducción de Ezequiel Zaidenwerg

que al mar le brote espuma por la boca, vos mantené los labios limpios”.

Nunca me dijo eso, se quedaba sentado en una silla cómoda

y dejaba que el diario se le fuera resbanaldo de las manos hasta el piso.

No podía competir con él. Ni siquiera lo intentaba. Parecía

en que llegaba a un punto en el que se daba cuenta de que las noticias iban

a seguir sin él, mucho después de su siestita y, luego, de su muerte.

Cuando llegó a ese punto, la cabeza le quedó colgando de costado,

como una rosa cuando no la riegan.

A veces digo que se salvó.





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