UN POEMA DE HENRY D. THOREAU EN POESÍA COMPLETA
LOS AZULILLOS
En medio del álamo
que se encuentra junto a nuestra puerta
pusimos una pajarera para los azulillos,
y confiamos
en que antes de que acabase el verano
acogiera a una pareja de paso.
Un caluroso día de verano
llegaron los azulillos
y se posaron en nuestro árbol,
pero en un principio los viajeros
se mostraron inquietos
pues tenían miedo de mí.
Parecían venir del lejano sur,
del mismo bosque de Walden,
y lo cruzaron con la boca abierta
empujados por invisibles fuelles.
Graznando sobrevolaron el risco,
y graznaron sobre el prado,
y sobre la tienda del herrero, y también
llegaron graznado hasta mí.
Llegaron y se posaron sobre la pajarera
sin mirar en el agujero,
saltando de un lado a otro
como si fuera una balanza.
Creo que nunca antes los había visto
ni ellos me habían visto a mí
hasta que decidí aguardar en nuestra puerta
y llegaron al álamo.
Con el tiempo construyeron su nido
y criaron una feliz camada,
y cada mañana piaban
cuando volaban hasta el bosque.
Así pasaban las horas del verano
para los azulillos y para mí,
cada hora era un día de verano,
tan plácidamente vivíamos.
Eran un mundo en sí mismos,
y yo un mundo en mí,
en el árbol eran felices
con su nueva familia.
Una mañana el viento
sopló frío y fuerte,
y ese crudo y borrascoso día
cuando las hojas se arremolinaban
los pájaros se prepararon para el largo viaje.
El viento boreal llegó tempestuoso del norte
y erizó su plumaje azul,
y así se lanzaron, aunque algo reacios,
por las viejas rocas del risco.
La tierra giraba incesante
con su manto del más puro blanco,
hasta que otra vez llegó la primavera
y el invierno se desvaneció.
Y yo vagué por la tierra húmeda,
y contemplé el cielo apacible,
sin embargo no recuerdo nunca antes
haber vagado tan atento.
Pues nunca antes estuvo tan queda la tierra,
y nunca tan clemente el cielo
el río, los campos, los bosques, y la colina
parecían arrastrar un largo suspiro audible.
Sentí el paraíso a mi alrededor
y la tierra bajo él,
como cuando corre un sonido entre espigas
que emociona de la cabeza a los pies.
Soñé que al despertar sería
un algo que apenas conocía,
no un ente sólido, ni una nada vacía,
sino una gota de rocío de la mañana.
Era el mundo y yo jugando al escondite,
como un hombre esquivaría su sombra,
una idea varada en la eternidad
entre Lima y Segraddo.
De pronto un débil graznido
sonó dulcemente en mis oídos
igual que a la llegada del sueño.
No alarmó sino que conmovió mi alma,
por mi mente brillaron extraños recuerdos,
distantes escenas desplegadas
como cuando acabamos de soñar.
El azulillo había llegado del lejano sur
a su pajarera en el álamo,
y abrió de par en par su fina boca
con la intención de cantarme.
Henry D. Thoreau
Poesía completa
Traducción de Beñat Arginzoniz
Ediciones El Gallo de Oro
(Fuente: Papeles de Pablo Müller)

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