LAS HORAS DE LA FLORESTA (CATHEMERINON)
V. COMPLETORIO Y MATUTINA
Es war als hätt der Himmel die Erde still geküsst
Joseph von Eichendorff
relumbra sacramental
entre brillosas negruras, candelas cósmicas
y el inasible murmureo que convence
perentorias estrellas fugaces
a arrojarse a su destino de mártires combustas.
vuelan polillas, negras alevillas, candelillas,
la selva ulcerada calla insomne:
adolorida retiene sus lágrimas,
finge callar,
y se relame las llagas.
a lo lejos ruge la cofradía de los jaguares solitarios,
ataviados de solemnidad
con sus pintas azabaches y sus dorados paramentos,
sacerdotes
acolitados por el ubicuo
basso continuo de los sapos enamorados,
las cohortes lumínicas de los cocuyos,
algún grueso cucarrón de extraviado vuelo,
y la dodecafonía vocinglera de los loros sonámbulos
que sueñan a pata suelta, delirando
apocalípticas profecías
desde el púlpito imaginario de sus barrancos.
cruje entonces el alma de los caracolíes,
hay fosforescentes troncos sumidos en radical podredumbre,
hay fuegos fatuos, luces malas que acechan,
inexplicables incendios fortuitos,
confusa comunión de presas y victimarios,
palustre gloria que se refunde
en la quietud vacilante
de la noche majestuosa.
la luna es una hoz tajante y licenciosa,
que impone sus ritmos y sus deseos,
segando ciclos, instintos, instantes.
los astros tutelares esplenden a sus anchas,
pero solo sonríen inclementes,
ajenos al sufrir.
demasiado largas, ¡ay!, demasiado cortas
son las horas nocturnales.
ahora pronto el lucero irá desvaneciendo,
guiñará irónico un último, incorpóreo resplandor,
y las nubes serán esquifes
que huyen bonancibles a recibir el rosicler de oriente.
un ave trina primera
desde el vientre herido de la noche agonizante,
parturienta.
casi que clarea.
en la hojarasca sementera
yace, repta, se yergue
la promesa de los maitines:
renovada loa brota equívoca de la floresta:
alborea
y revive polifónica la pajarera primordial.
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