de El alma y la música (traducción de José Luis Arántegui)
Está toda ella en sus ojos cerrados, enteramente a solas con su alma, en el seno de la íntima atención... En sí misma siente que sobreviene algún acontecimiento.
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Instante delicioso..., este silencio es contradicción..., cómo hacer para no gritar ¡silencio!
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Instante absolutamente virgen. Y luego, instante en que debe romperse algo en el alma, en la espera, en la reunión... Romperse algo... Y no obstante, es también una especie de soldadura.
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No hay nada que yo ame tanto como esto que va a pasar, y ni siquiera en el amor encuentro algo que gane en voluptuosidad a las primicias de un sentimiento. De todas las horas del día, el alba es mi preferida. Por eso quiero ver enternecido cómo despunta en este ser vivo el movimiento sagrado
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¡Qué hábiles, qué vivos, puros obreros de las delicias del tiempo perdido!... ¡Esos dos pies charlan y riñen como palomas!
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Sabemos que el alma del amor es la insuperable diferencia de los amantes, mientras que su materia sutil es la identidad de sus de-seos. Así pues, es preciso que la danza, por lo sutil de sus trazos, lo divino de sus impulsos, lo delicado de sus momentos suspensos, engendre esa criatura universal que no tiene cuerpo ni cara, pero sí dones y días, y destinos, pero sí una vida y una muerte, y que incluso no es más que vida y muerte.
(Fuente: Alan La Veglia)
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