
LA IMAGEN LUCIERNAGA
A Andrés Matkovich
Vibra, vibra, vibra en el Ministerio del Arte aquel
nuestro cometa angélico, ni detenido ni extinto
de un lapso íntimo, de la caída y el nadir y balbucea
en su menguar aun los bucles de la lengua.
No morimos de amor, ni enamoramos la muerte
morimos de reminiscencias como meros torsos
mutilados en el perpetuo roce de un expósito fulgor
avant garde sedimentado y un sentimiento atávico.
Intermitente nuestro cometa surca el horizonte,
su movimiento alucinado, su cuadrante melancólico
nos muestra revolviendo el basural de la memoria
separando los vestigios de una antigua seducción
y todo aquello por lo que vale excavar sobrios
entre las tribulaciones modernas una forma monstruosa.
Es nuestra infancia encandecida por el cándido
crepuscular del astro, sus actos de gracia refulgentes
una y mil veces reprimidos y luego desmentidos
y luego repudiados por la vecindad que fijaron
la mirada iridiscente a los relieves de los muslos esculpidos,
a las bragaduras en los perfiles estatuarios, a las protuberancias
de los candelabros. Es nuestra infancia vagabunda y desvestida
bajo los gloriosos reflectores de la contemporaneidad.
Allí donde un cometa surca intermitente el horizonte
están los restos de nuestro Central Park, la sangre
de Sidon enteramente traicionada, las gotas del licor
que reavivaron el cadáver de Finnegan, el juego de dados
cargados del Buscón, las espalda de Fierro, la espalda
de Cruz, cruzando las ultimas poblaciones, la querella
de Loki, la leyenda del coyote, el silencio, la delación, la culpa
Allí están nuestras palabras desechadas de tantas noches
de misántropia, la obstinada imagen de las lumbres
de las luciérnagas, solas, una vez más, sobrevenidas al destino.
.....
(Fuente: Daniel Freidemberg)
No hay comentarios:
Publicar un comentario