Mal aprendida
Hay algo raro sin embargo en el empeño y la destreza con que hacés la buena letra, hermosa y clara,
si lo que pide, con tono perentorio, la Hermana Pura, que está a cargo del Idioma Nacional,
es la claridad de ideas que se te niega como un idioma extranjero
que ni siquiera has oído en boca de los abuelos o bisabuelos reunidos bajo la parra después de algún entierro
y te exigen que hagas uso de ella como si fuera tu segunda lengua.
Las hermanas de Dios pronto comprenden que solo podrás caligrafiar hermosas láminas y mapas y a esa tarea decorativa te encomiendan desde entonces
para adornar los pasillos del colegio pupilo en el que estás para recibirte de Maestra
(y volverte así la única integrante de la familia con altos estudios: la tía Pichona dejó la secundaria para trabajar en la fábrica de pantalones)
el que tenés la suerte de poder abandonar cuando cae la tarde y el mundo te abruma con su creciente oscuridad y silencio
no como esas pobres chicas que vienen de pueblos chicos como el tuyo pero no tienen a una tía peluquera a pocas cuadras del colegio
aunque de vez en cuando las invites (por pura compasión) a hacerse algún peinado que luego tendrán que arruinar en el camino de regreso.
Y a vos qué te importan lo que piensen esas monjas secas como higos al sol:
te aburre el solo hecho de buscar las intenciones que se guardan esas mujeres viejas que no saben
lo que es reírse con la risa desatada al rayo del sol y el pelo despeinado por el viento del campo
comer una veintena de mandarinas recién arrancadas y que la piel se te ponga amarillenta
dejar colgada a una amiga en los hierros oxidados de la parra llorando y pidiendo piedad con las pocas palabras que ha aprendido
contarle en el oído a las chicas inocentes del barrio cómo se hacen los niños refutando el cuento del repollo o la cigüeña
o fumar con los labios pintados en los carnavales del Club Social y Deportivo General Belgrano
o hacerle dar barquinazos a la Apache Azul en un camino de tierra
o insultar por lo bajo y siempre a una madre severa que usa tapado de piel y fuma cigarrillos Kent como si fuera la esposa de un potentado
o ser la primera princesa indiscutida de la fiesta de la última primavera.
Distancia
Esa anciana
de pelo
recogido
que fuma
sentada
en un tocón
del campo
con las piernas
cruzadas
cara
al viento
que cimbrea
el pastizal
quemado
y se da vuelta
como ausente
es mi madre.
La hospitalidad del mundo
Un olor a sudor y orina mezclados traspasa el portón de hierro
como esa misma mano percudida de mugre que se abre a la caridad
de una joven maestra que se fue del pueblo natal para casarse y tener hijos
y que ha envuelto con papel madera las sobras de una comida que solo el hambre real podría justificar
para que el croto que tocó timbre a la hora de la siesta agradezca y se marche satisfecho
bajo la angurria de un sol que ablanda la brea de la calle que lleva hacia el yuyal
donde sus compañeros aguardan tendidos, al pie de un tanque herrumbroso de agua que linda con las vías,
la calle que una misma mujer envejecida retomaría décadas más tarde, cansada de esperar con la comida a punto, en busca de su marido jubilado de la fábrica,
que supone de espaldas a la calle en el barcito que se emplaza frente a la nueva estación terminal
cuya desmesurada extensión de cemento sepultó el yuyal lleno de piedras y botellas rotas donde moraban los chicos del barrio y los linyeras.
Días pasados debí hacer uso del baño de hombres de esa misma estación
custodiado por un hombre que aguardaba, junto a la puerta, una suerte de limosna de mi parte:
a pesar de los trapos y enseres de limpieza desplegados en torno, la atmósfera del baño resultaba irrespirable.
El presunto encargado de limpieza y administrador de las llaves para uso de los inodoros y tres vueltas de papel higiénico
exhibía el mismo desaliño de papá en sus días bravos, los mismos ojos agrandados por el abuso del alcohol, la dentadura en retirada, la barba raleada de días…
Con los ojos entrecerrados bajo unas gafas de alambre, apenas movía una mano para espantarse alguna mosca de los labios o hacer caer la brasa del cigarro.
En el mismo momento en que hice sonar una moneda de un peso en la lata que hacía de alcancía
el grito de un chofer lo despertó y el viejo partió raudo, aunque tambaleante, con un escobillón, hacia uno de los ómnibus recién estacionados.
Caminé entonces en su misma dirección, como si se tratara de la sombra de un hombre muerto que me hubiera dispuesto a seguir, con la cautela de quien aún no ha llegado a casa.
(Fuente: Op.cit.poesía)
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