XXXVI
Oigo un ejército cargando sobre la costa
y el estruendo de caballos al galope, envueltas en espuma las rodillas.
Arrogantes, erguidos detrás en negras armaduras,
blandiendo látigos, despreciando las riendas, los aurigas.
Gritan a la noche su nombre de batalla:
gimo dormido cuando oigo a la distancia sus risas turbulentas.
Cruzan la tiniebla de los sueños, un fuego cegador,
resonando, resonando en el corazón como en un yunque.
Vienen sacudiendo su larga, verde cabellera:
salen del mar y corren bramando por la playa.
¿No tienes juicio, corazón, que así te desesperas?
Amor, amor, amor, ¿por qué me has dejado solo?
≈
(Trad.: Gerardo Gambolini)
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