Interdicciones con el Inca
Qué extrañeza al conocer a los marqueses, tus tíos,
sintiendo de veras el desdén que se les dedica
a los de tu calaña, mala sombra, diciendo,
de unos aventureros de rapiña, alturados
sin mayor lustre, retoños en indias promiscuas,
que ahora llegan
a reclamar dudosos heroísmos.
Allí y sólo allí
te encontraste de pronto ante el espejo, hijo de
reyes y de los mayores poetas
reducido al polvo de forjarse una honra con el
brazo, hasta que el brazo
se resolvió en una fina extremidad
que fue más poderosa que todas las macanas
y alabardas, el vuelo de la mano con la inteligencia
del halcón, el sonido de los precipicios
como un animal de plata
y un puente que se desteje en la memoria
y que comienzas a trenzar iluminado
por el triángulo perfecto del Salqántay.
“Y así me llamo yo a boca llena, y me honro con
ello”, decidiste
y fue como salir de las tres cuevas, aliviado
de unos dolores de costado, de unos paños
que llegaban por el mar
en medio de botellas, pesando sobre tu cama
como los crucifijos que te perseguían, noche a
noche, alucinando
el encuentro con los primos, condiscípulos, abuelos
y la sabiduría de esperar al Sol en los solsticios,
celebrando
juntos el paso de las estaciones, tal como se
figuraban
tus autores favoritos. ¿Dónde empezó la realidad?
¿Creaste todo o todo
fue así como te lo contaron, destilando el batallar
de las olas sobre las conchas
como el mar que se enloquece para lamer la costa,
o la palabra
que soporta los estantes del Imperio?
Villorrio de Montilla. Verano de 1571. Ya de vuelta
rasguñas unos libros con la pluma
adiestrándola
a dirigirse como el rayo sobre el árbol preciso,
a ordenar
una por una las naciones, los refranes
y los versos que cuentan el origen de la lluvia
y “sus idolatrías”, que por eso
muestran más limpio su rastro de felino, y su
esperanza
que se reparte como plumas de los cóndores,
en pérfido arco iris
uniendo al noble padre con la madre silenciosa.
Hatun Qusqu, Ancha Llaqta, Sumaq Llaqta, un
centro colorido o, como expresabas,
otra Roma en su Imperio, para que te entendieran
los que confiaban en la majestad de tus palabras,
único territorio con el que te compensaron
una vida de servicio y la feroz humillación
de que vendieran a tu madre y con tu madre
toda la grandeza de los Incas.
“Así me incliné a vindicar los nombres mancillados
desde estos rincones de soledad
y de pobreza, martilleando
como los pájaros guaneros otro Imperio,
contemplando
cómo un rebaño de llamas
en campos de zafiro pace estrellas"
(Fuente: Lab De Poesía)
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