jueves, 17 de septiembre de 2026

Edwin Morgan (Glasgow, Escocia, 27 abril 1920‒Glasgow, 17 agosto 2010)

 

 

 




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g neraciones tras
g neracion s t
g neracio s t
g era io s t
g era o s t
g ra o t
g ra o
g r o
g r
g
 
 
(Traducción: Antonio Cisneros, peruano)
Gnomes (1968)
 
En: Poesía inglesa contemporánea (1975)
Versiones, selección y prólogo de Antonio Cisneros
Barcelona: Barral Editores, 1975, pp. 260-261
 

(Fuente: Óscar Limache) 

Anna Świrszczyńska (Varsovia, 7 de febrero de 1909 - Cracovia, 30 de septiembre de 1984),

 

 

Puede ser una imagen en blanco y negro de una o varias personas 

 

 

 

LA ALEGRÍA DE ESTAR SOLA

 
 
Me rodearé de silencio
y florecerán en mí voces.
Me cerraré
y habrá más lugar en mí.
Como los pechos libres de corpiño
se me airearán
mis ideas y las ajenas.
Naceré bajo mi propia mirada
estallaré en mí
como una ramificación.
Me alejaré de todo
y todo entrará en mí.
Veré la existencia y su relieve
y la sombra que arroja
ese relieve.
Veré cada verdad,
como recién lavada.
La soledad me dará a mí misma
y al mundo.
 
 
— Anna Świrszczyńska (Varsovia, 7 de febrero de 1909 - Cracovia, 30 de septiembre de 1984), fue una poeta polaca. Su apellido en algunas ediciones fuera de Polonia se ha simplificado a Swir. La obra de Świrszczyńska aborda temáticas muy variadas, incluidas las referencias autobiográficas a sus experiencias durante la Segunda Guerra Mundial, la maternidad, el cuerpo femenino y la sensualidad.
 
*Traducción de Bárbara Gil

 

(Fuente: Oficio de Poeta) 


Silvio Mattoni (Córdoba, Argentina,1969)

 

 

POEMAS SENTIMENTALES

 

 

 

 

CARTA 

 
|
¿Regalos de una caligrafía muerta?
Se dirigía a los que habían emigrado, 
el padre a la hija que se llevaba 
todo, con quien le llevaban toda 
la suave espera del futuro. 23 
de diciembre de 1951.
“Mañana es Nochebuena y pienso... 
quisiera que hoy estuvieras aquí... 
con nosotros... armar un lindo pesebre... 
tu sei tanto lontano... la alegría 
que no pude tener... Brindaremos 
una y otra vez por tu salvación...”
¿El porvenir fue óptimo, excelente?
Quizás. Pero el abuelo no vería 
a su nieto niño, no conocería 
al bisnieto poeta: eccomi qua!
“Pienso... ahora pienso... hubiese 
querido bajarte los regalos de la chimenea... 
un bel pulcinella... una bella bicicletta... 
un calzettone pleno di dolci... torroni... 
y ni siquiera eso pude hacer...”
Una estilográfica, sin duda, y un papel 
que absorbe la tinta para que las letras 
dibujen sus curvas precisas, de artista.
El dolor se esconde tras la cortesía, 
apenas. “Este año no armé el pesebre, 
no armé el árbol... me faltaba todo... 
me faltabas... angelo bello. No puedo darte 
mis deseos... tus queridos... te mando 
al niño, José y la Virgen... ti auguro 
tante belle cose... il tuo papá Milo baci." 
La escritura se inclina a la derecha
apenas. Los palitos que atraviesan
las “t” y las dobles “tt” parecen escaparse
de las lágrimas negras que inician las palabras.
La “M” mayúscula de “Madonna” hace
un extraño arabesco antes de subir
sus dos crestas. Al final el papel
se acaba: las cuatro últimas líneas
se apilan en dos renglones. Una parte
de mí se queda en el apostrofe que falta,
en medio de la ciudad desconocida:
L'Aquila. La otra parte, en su idioma, 
piensa que va a morir sin que nada 
pueda sacarla del lugar natal.
En la pantalla líquida contemplo 
la imagen de la carta consumida.
Nada es eterno, aunque ningún amor 
se va del mundo sin dejar su huella.


ENTRELACS


La poesía era un confidencia 
para los muertos. Nadie me veía 
escribiendo cuadernos que perdí.
De memoria, los digo de nuevo 
como cuando trenzaba hilo sisal 
para mi clase de manualidades. 
Apenas un efluvio tenue 
de aquel olor en mi pieza cerrada 
se despierta ahora, y parece inútil 
querer apresarlo. Pero no era 
del todo en mí que pasaba algo 
por mis palabras. Viene de muy lejos 
el susurro imperceptible, persiste 
en ríos subterráneos, se diría 
que dioses diminutos entrelazan 
sus cuerpos y el roce de la piel 
espanta porque no podrá tocarse.




PRIMERA NOVIA

Vuelvo a pensar a veces en tu cara, 
pero no puedo armarla, otras formas 
de sonreír brillan encima y cierro 
vanamente los ojos para verte.
No están los labios que besé en el cielo 
donde campea un arco iris de bocas 
sin dueñas. ¿Fue en la siesta del domingo 
cuando creí que te tocaba y éramos 
de nuevo esos niños que aprenden cosas 
ya sabidas? Algo que iba a faltar 
entre nosotros para siempre: un deseo 
que no llega a su fin, que se derrocha 
lejos de toda huella. Las diez cuadras 
que separaban tu casa de la mía 
vieron pasar volando cada noche 
una imagen de mí que no era yo.
¿Serás una simpática señora, 
una madre con una ansiosa espera 
comiendo para no abrir agujeros 
en la saciedad? Al menos me parece 
que tu memoria habrá guardado el nombre 
del chico temeroso que besaste.
Lástima que no escribas un poema 
para que yo conozca la distancia 
de casi dos decenios entre vos 
y esa belleza no recuperable.



MUSEO

Durante años escribí 
sin entender lo que leía 
en versos libres, profecías plenas 
de enigmas. Pero ya sin fe,
¿cómo aceptar la pérdida
del reino de la muerte, el vuelo
de un demonio que habla y se convierte
en araña o en pulga? Cuando supe
contar sílabas con los dedos
de una mano, de pronto todo
ató la sombra al hilo
y la obligó a dar cuenta del silencio.
Ese miedo a estar muerto y que no hubiera
más imágenes se hizo espejo
donde la oscuridad mostraba cosas
no vítreas, blandas, fibriladas
como cuerpos vivos. En los papeles
abandonados perdura una eficacia
que ninguna palabra alcanza.
Recuerdo el rostro enloquecido 
de una mujer pintada en fondo negro 
y cuyos ojos parecían irritados 
por drogas o sutiles fluidos 
generados por la electricidad 
tensa, anhelante de los ejes neuronales.
El pelo hacia arriba casi formaba 
una aureola y se parecía a Rimbaud.
Esas caras nórdicas, presas 
en la trampa infinita de mirar 
la nieve. Y volví a un sueño tan distante 
que me alejaba del poeta 
comentando al lado mío la pintura.
Los hilos de aquel augurio perforaban 
el paquete en que me transformaron 
una exigencia atroz y un gran desorden, 
como si el miedo a la muerte tuviese 
en su reverso un deseo suicida.
Il miglior fabbro no pudo escuchar 
lo que no supe decir. Con sus versos 
no había nada que aprender: 
pero era estar ahí, en ese mundo 
perfectamente tangible. El sueño 
ponía el cuerpo de Rimbaud en un libro 
que su foto ilustraba. Yo leía, 
en un francés que mi vigilia nunca 
había estudiado, los poemas últimos, 
la despedida antes del fin. Los pies 
en la imagen se iban hundiendo, barro 
ascendente y gris, o más bien 
una masa pululante de larvas 
blancas e indistinguibles. Nada podía 
salvar al joven poeta indefenso, 
petrificado pasto en el altar 
de un dios rumiante. En un momento quise 
que mi lectura detuviera el flujo 
de gusanos voraces. Pero el horror 
se instalaba en los ojos del muchacho 
que entraba en la putrefacción 
sin armas ni poemas. Desperté 
y desde entonces transmuté la pena 
que me tocaba en trémula nostalgia 
por esa carne leída y olvidada.
No quería memorias del pasado, 
sino la vida de otro que se iba.



LO OLVIDADO


¿Qué fue dicho por el niño que vuelve 
al lugar del martirio? ¿Ya sabía 
lo que cruzó su cabeza al nacer?
El miedo a no poder perderse nunca 
desde que habló y pensó, lo congelaba 
como a mí el frío demasiado libre 
para abrazarme las piernas. Tu sombra 
quedó varada allá, limbo dichoso 
donde estás extraviado, mi proyecto 
de líneas sin abandono se alejaba 
justo cuando mi más pequeño yo 
confirmaba que no tenía asilo.
Ya no estás conmigo sino en efigie 
y soy la sombra de ella, aunque seré 
algún día el espectro de mis hijas.
Ojalá un dios fallecido me vuelva 
tan olvidable como fue mi infancia.



INCIPIT IDYLLIUM

No, no es la puerta que crucé al nacer, 
ni una ventana al morir. ¿Qué vuelve hoy 
entre el polvillo flotante del invierno 
bailando con el sol de la mañana?
¿Cómo llegaron hasta mí esta niña, 
su llanto persistente que me dice:
“ahora, ya, ya, ya...”? ¿Qué dios de mayo 
me empujó a hablarte en esa construcción 
de plástico y cemento, donde sufríamos 
vos, ella, yo, vagas ambigüedades 
por infringir las reglas de concordancia? 
Nuestros paraguas descansaban juntos 
y algo nos distraía del pudor 
que en vano desplegaba su habitual 
manto sobre la clase de gramática.
Al poco tiempo, un día me llevaste
hasta mi casa, con tu piloto beige,
tus manos pequeñitas manejando
y tu certidumbre de niña
que ha crecido hacia adentro, y pregunté:
“¿A vos te gusta coger? Para mí
es apenas un limbo que permite
hablar mejor.” Hablar como ya entonces
sin habernos tocado yo te hablaba.
“No es lo más importante”, contestaste, 
con una risa oculta. ¿Percibiste 
que no habría sorpresas, sólo gracias, 
descubrimientos de mí en vos, 
de vos en mí? Y aunque queríamos 
gozar de la belleza, conocernos, 
pusimos el deseo en las palabras.
Y cuando las dijimos siguió el tiempo.
Bajo el arco del cielo fuimos flechas. 
Tenemos una pieza, estamos solos.
Nos sacamos la ropa, los dos vemos 
un cuerpo más hermoso que el ansiado, 
el adivinado. Besos de bajo 
bisbiseo. ¿La escuchaste, la viste, 
a esa vida pasada que se iba?
La suave crema del futuro unta 
nuestros sexos cansados, insensibles 
por un instante. Nunca supe 
por qué lloraste esa noche, después, 
acostada, desnuda y revisando 
la pulcritud del techo. ¿Fue placer, 
fue pena o despedida de otro cuerpo 
que ya no volvería? ¿O la emoción 
vacía que altera todos los líquidos 
internos y extraños? Era imposible 
que sospecháramos en cada lágrima 
tuya, en cristal nocturno, una 
nena, tras otra, tras otra, y vos 
eras su madre y la mitad del padre 
cuando sonó tu llanto en el deleite, 
cuando miré en tus ojos el silencio, 
espléndida como aire que relumbra.


(Del libro homónimo,
Caleta Olivia,2026)
Silvio Mattoni


Silvio Mattoni (Córdoba, Argentina,1969). Publicó los libros de poemas: El bizantino (1994), Tres poemas dramáticos (1995), Sagitario (1998), Canéforas (2000), El país de las larvas (2001), Hilos (2002), El paseo (2003), Poemas sentimentales (2005), Excursiones (2006), El descuido (2007), La división del día. Poemas 1992-2000 (2008), La chica del volcán (2010), La canción de los héroes (2012), Avenida de Mayo (2012), Peluquería masculina (2013), El gigante de tinta (2016), Caja de fotos (2016), Tanatocresis (2018), La buena suerte (2020) y Postales eslovenas (2024). Los ensayos: Koré (2000), El cuenco de plata (2003), El presente (2008), Bataille. Una introducción (2011), Camino de agua (2013), Muerte, alma, naturaleza y yo (2014), Música rota (2015), Tekhné (2018), ¿Qué hay en escribir? (2021), La extensión más sutil (2021) y Un cielo de inmanencia (2024). Los diarios:Campus (2014) y Capturas (2021). Tradujo libros de Catulo, Arnaut Daniel, Dante, Sade, Diderot, Bataille, Bonnefoy, Pavese, Luzi, Duras, Weil, Michaux, Ponge, Quignard, Marteau, Valéry, Mallarmé, Artaud y Desnos, entre otros. Recibió, entre otros, el Primer premio de Ensayo del Fondo Nacional de las Artes en 2007 y 2012, la Beca Guggenheim en 2004 y el Segundo Premio Nacional de Poesía en 2019. Da clases de Estética en la Universidad Nacional de Córdoba.

 

(Fuente: La biblioteca de Marcelo Leites) 

Oswaldo Escobar Velado (Santa Ana; El Salvador, 11 septiembre 1919–San Salvador; 15 julio 1961)

 

 

 




DEL DOLOR COTIDIANO

 

                                           A Manuel Scorza
 
 
 
Voy a cantar lo que nos duele cotidianamente
y cae como una gota amarga
al corazón.
 
Voy a cantar los lunes que amanecen esperando
agazapados mientras se abren las puertas
de las casas de préstamos
para pasar por ellas.
 
Voy a cantar lo que otros poetas callan.
 
El dolor de los pobres es más bello
porque es dolor exacto,
recio,
definitivo.
 
Pero el dolor de los pobres se canta a mi manera
y yo canto gritando.
 
Una muchacha linda me saluda
desde un Cadillac último modelo.
Yo la miro pasar, mientras un niño
que habla con los ojos
abre la golondrina de su mano.
 
Estas cosas amargas, cotidianas,
se deben de cantar para abultarlas:
porque ya no es posible que transcurran
y que caigan.
 
¿Por qué no canta el pueblo alegremente?
 
No me preguntes cosas tan estúpidas.
Cómo puede cantar el hombre que le falta
la estrella de la leche en la mañana?
 
Cómo puede cantar amaneciendo
como un perro nocturno
que tuvo que dormir en los portales?
 
Cómo puede cantar si no hay justicia,
si sobran demagogos en la esquina,
si todo es negro,
la noche, la mañana, el mes, hasta el vestido?
 
¡Y en medio de todo esto pensar que todavía
el poeta se pone una flor en la solapa!
 
 
 
En: Antología de la poesía centroamericana. Tomo I
Lima: Primer Festival del Libro Centroamericano, s. f., pp. 96-97
 

(Fuente: Óscar Limache) 

Leopoldo Marechal (Buenos Aires; 11 de junio de 1900 - Buenos Aires; 26 de junio de 1970)

 

 

 

 

 

Canción para que una mujer madure 

 

.
¡Fruto nuevo, amasijo de tierra y de agua!
Cristalizó en el gajo más curvado del mundo
la sal de tu ternura.
 
¡Afilando puñales de sed,
trenzando los cabellos de una esperanza niña,
desvaneciendo sombras he cuidado tu rama!
 
Pastor de grandes cosas que se mueven,
yo conduje el rebaño de los días piafantes;
he visto cien mañanas con los picos abiertos
devorar la migaja de la última estrella
y tembló entre mis manos toda noche
como una yegua renegrida y ágil...
 
Yo hilvané con mis ansias una canción
de cuna
para que se durmieran los cachorros
del viento;
y alcé un espantapájaros de odio
sobre el campo frutal de tu sueño
sin lágrimas.
Con las hebras del sol
has torcido el cordaje de tu risa.
 
En las enredaderas de tus voces incuba
sus tres huevos azules un pájaro de gracia...
¡La vida en tus talones es un giro de baile!
 
Te aferras al abierto pavorreal de los días
y le robas la pluma;
sabes abrir tu noche como un libro
de estampas.
 
Y no sé si deshojas
la flor menguante de las lunas;
y no sé si libertas los luceros cautivos;
¡oh si el verano salta de tus ojos iguales
a una lluvia con sol!
 
Tengo los dientes rotos de morder imposibles:
para ti guardan lechos de martirio
mis brazos.
En mis dedos retoñan zarzales de caricias,..
 
¡Todas las noches naufragaban
en esta costa de mi anhelo!
 
Grabé tu nombre en todas las arenas
del aire:
tu nombre es el perfume que buscaban
mis años.
 
Redoblan los tambores de mi fiebre
largos llamados al otoño.
 
Has de llorar tus frutas
redondas como lágrimas...
 
Ensartaré en el hilo de mi plegaria sorda
las cuentas de cien días y de cien noches;
¡y haré un collar de tiempo que te ciña!
 
Conduciré el rebaño de mis voces
por caminos que duerman bajo el opio
del alba.
 
He de atar mis dos ojos a carros de vigilia
¡y haré un collar de tiempo que te ciña!
para que sea manso tu caer en un día
con fragancias de alcoba;
y para que en la noche de tu llanto
las estrellas más altas fructifiquen
entre la mano de los niños.
 
.
De: «𝘋í𝘢𝘴 𝘤𝘰𝘮𝘰 𝘧𝘭𝘦𝘤𝘩𝘢𝘴» (1926)

(Fuente: Grover González Gallardo Poesía)

Mosab Abu Toha (صعب أبو توهة, campamento de refugiados de Al-Shati, Gaza, Palestina, 1992)

 

 

«En una noche sin estrellas»

Traducción de Juan Carlos Villavicencio
 




 
 
 
En una noche sin estrellas,
me doy vueltas sin dormir.
Tiembla la tierra y
me caigo de la cama.
Miro por mi ventana. La casa
del lado ya no
está en pie. Yace como una alfombra vieja
en el suelo de la tierra,
aplastada por misiles, pantuflas gordas
volando ya sin piernas.
Nunca supe si mis vecinos aún tenían ese tele pequeño,
si esa vieja pintura todavía colgaba en sus paredes,
si su gata aún tenía gatitos.



(Fuente: Descontexto)


 

Alejandro Méndez Casariego (Buenos Aires, 1952)

 

 

 

 
 
 
26
 
En ese afinarse de la mala sangre
en ese cuerpo que ya nada celebra
se encierra todavía, inquieto, pero ya sin causa
un sueño de pretéritos: este es el punto
más sombrío del camino
la cornisa donde el gastado animal
se asoma para contemplarse
y masticar su término, lamer la piedra más antigua
nutrirse de su sal.
 
Es el momento de no tener motivo,
de rendirse
porque no acepta continuar
sin la bendición del cáliz de su cuerpo
sin la latencia que lo mantuvo alerta.
 
Vuela el halcón al hígado,
se hunde su pico sin hambre
para cumplir con un mandato
que le fue asignado al comienzo del tiempo.
Extrae lo que puede, sin preguntar las causas.
Solo debe completar la tarea:
limpiar lo que queda, ser preciso,
santificar los huesos.
 

 

En  La mala sangre  (en preparación)