
NADIE SALE…
Nadie sale. Parece
que cuando llueve en México, lo único
posible es encerrarse
desajustadamente en guerra mínima,
a pensar los ochenta minutos de la hora
en que es hora de lágrimas.
En que es el tiempo de ponerse,
encenizado de colillas fúnebres,
a velar con cerillos
algún recuerdo ya cadáver;
tiempo de aclimatarse al ejercicio
de perder las mañanas
por no saber qué hacerse por las tardes.
Y tampoco es el caso de olvidarse
de que la vida está, de que los perros
como gente se anublan en las calles,
y cornudos cabestros
llevan a su merced tan buenos toros.
No es cosa de olvidarse
de la muela incendiada, o del diamante
engarzado al talón por el camino,
o del aburrimiento.
A la verdad, parece.
Pero sin olvidar, pero acordándose,
pero con lluvia y todo, tan humanas
son las cosas de afuera, tan de filo,
que quisiera que alguna me llamara
sólo por darme el regocijo
de contestar que estoy aquí,
o gritar el quién vive
nada más por ver si me responden.
Pienso: si tú me contestaras:
Si pudiera hablar en calma con mi viuda.
Si algo valiera lo que estoy pensando.
Llueve en México; llueve
como para salir a enchubascarse
y a descubrir, como un borracho auténtico,
el secreto más íntimo y humilde
de la fraternidad; poder decirte
hermano mío si te encuentro.
Porque tú eres mi hermano. Yo te quiero.
Acaso sea punto de lenguaje;
de ponerse de acuerdo con el tipo
de cambio de las voces,
y en la señal para soltar la marcha.
Y repetir ardiendo hasta el descanso
que no es para llorar, que no es decente.
Y porque, a la verdad, no es para tanto.
YO MIRO ESTO…
Yo miro esto que pesa inmensamente,
que sube a fuerza contra el peso
de la noche geográfica.
Esta mole sonámbula y regida;
materia convocada y dócil
de banquetas y lámparas y muros.
Densa expresión conmovedora
de miedos primordiales; artificio
que por decreto de los hombres
establece las cosas, y las deja
servibles ya, sumisas, protectoras.
Sitio de piedras y madera, jerarquía
de materiales ordenados
que asila, como un barco entre la lluvia,
su cargamento de dormidos.
Esto que vive, esto que pesa, miro.
Yo miro la ciudad a media noche
como un taller en huelga.
Siento pasar, soporto,
mientras del sueño emergen los enfermos
a rebuscar entre la fiebre
los signos remotísimos del día.
Mientras la misma fiebre los aparta
del grito de los gallos, del repique
a la vez desolador y alegre
con que madrugan las iglesias,
del testimonio de la dicha terrestre
que da un rumor de pasos
transitando al pie de la ventana.
Es el instante inerte
en el que aquellos que no sufren
de enfermedad, se ponen por instinto
la noche en el costado, y vuelven cómodos
el pliegue de la pierna y el sudor de la espalda.
La hora en que los hombres
de vegetal manera giran:
sólo varados leños aguardando
la marea del alba.
Y hay un temblor de viento;
hay un latir de perros repetido
encendiéndose lejos, y llenándome
de un algo sin socorro.
Yo miro en esta hora,
y sé que alguien vigila este silencio.
Alguien que no conozco.
Noche mortal y combatiente, niebla
de muro a muro adverso. Sed nocturna.
El sueño de la espada: la medalla
creciente sobre el pecho del guerrero;
la púrpura florida, insignia
de una muerte de lujo.
De muro a muro, sed nocturna;
tierra de nadie, y el silencio solo
para sembrar, a medias,
la simiente del diálogo a lo lejos.
Ahora quien oficia de enemigo,
el oculto y despierto, el frente a frente,
abierto a voces inseguras quema
su máscara, el incienso
sacramental de estar llamando;
resucita el conjuro que enrojece
el vellón del cordero;
sombra y ceniza cubren su cabeza.
Este que me pregunta mi pregunta,
que tiene mi respuesta;
boca que entre mis dientes come
la miga dócil de mi pan de hermano.
Contraria mano, espejo penetrable
me acompaña el costado, me guarnece
con águilas en círculo,
con un vuelo de antorchas carniceras.
Y sé que estoy amaneciendo
y deshilacho ya la cobertura
de los ojos nublados.
Tierra de nadie, toda
la que no pisan nuestros pies ahora;
lugar de la celada, noche
para tender los lazos a la herida
y a la angélica presa: el rostro puro
del fraterno enemigo.
Hasta la grieta horizontal del alba,
y la cadena rota y el bautismo.
VOLARON ÁGUILAS, LEONES
Volaron águilas, leones
gimieron vencedores. Alas lívidas
despliega en mi cabeza el vino.
Y un orden puro, como el de la noche
en torno de las mesas, se construye.
Y aunque nada es seguro, me deleito
en el lugar de la amistad, ahora.
Como puño de tierra a lo que hacemos;
como otoño en las ramas, que anticipa
un crujido de brasas a la tierra
descolorida de mañana.
Tal vez alguien nos mira, que se ríe;
alguien burlándose nos mira.
Y ciertamente pasa: no son verdes
los brotes nuevos todavía,
y el tronco ya es de viento y sin raíces.
Escribo: “este momento”, y el momento
en que escribo se fue. Ya tan borrado,
ya tan irreparable como siglos
de antes que naciera.
Pero nadie me quita el encontrarnos,
la riqueza fortuita, y la emboscada
tendida por la suerte que se oculta
en los atrios del día.
Olor como de estar lloviendo,
como de frutas húmedas, mercados,
la memoria me habita, me sumerge.
Quizá dormidos somos,
verdades de dormidos conocemos.
Tal vez alguien nos mira que dormimos.
Y yo te invoco en sueños, y me salvo,
y al salvarme te salvo si me escuchas.
Fuego de pobres (1961)
En: Poesía en movimiento. México, 1915-1966 (1966)
Selección y notas de Octavio Paz, Alí Chumacero, José Emilio Pacheco y Homero Aridjis
México: siglo xxi editores, 1979, pp. 189-190, 190-192, 193-195 y 195-196
(Fuente: Óscar Limache)
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