
Perdidos en la noche
(olvidarán a búfalos caballos que galopaban
o galoparon
o galopan todavía
a infames que acechan desde el invierno.)
y mientras el autobús cruza los metros
del celuloide que le queda
ven morir a seres miserables
sin gastar una bala.
A la cajera del Oxford
La muchacha que está detrás de la
registradora
piensa en cosméticos
no en el ticket que acaba de marcar
y marcar
sino en la línea
(de spleen o de cansancio)
que seguirá el cosmético en su rostro.
Los cortos dedos
olvidan las últimas
cifras marcadas en la registradora
miden
se inclinan ante el murmullo obligatorio
detienen otro aliento
(de intimidad
o espejos)
La muchacha responde al grito de:
“Cierra el seis”
con rápidos tecleos
en la máquina
pero piensa en trazos del aire
en la mecánica del rímel
y del desamparo.
Apuntes para un Western
Tal vez usted no entienda esto que escribo,
padre. El capitalismo es hostil a todo y a
cualquier entendimiento entre el campo y
la ciudad.
Pero debe saber que no pretendo eludir
el problema. Busco palabras que sean fieles en
el trávelin:
el sombrero alón,
las botas
las espuelas hundiéndose en el barro
antes de montar.
O cuando se aleja del
caserío envuelto en el poncho de bayeta
y los gurises
-nosotros y los extras-
diciéndole “hasta luego, hasta luego”.
Entonces
Nada sabíamos acerca de bandidos
ni de balaceras. Apenas de densos polvazales
ya instalados en la sangre infantil,
y aquella
tarde en que usted ensilló de nuevo
después de la convalecencia
y salió hacia los cerros al galope.
Subiendo
y bajando por los pedregales
como por la
orilla del celuloide
en “Ringo cabalga de nuevo”.
(Fuente: Henderson Espinosa)
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