CARTA
Estarías tan contento si me vieras
después del alud, después de todo,
si vieras cómo me las ingenio para caer,
mas no como la rosa tan suave sin ideas
sino de silencio a silencio a un mar de silencio en los ojos,
arrastrando en el cuerpo garfios, lujuria, vida
desde el sol, si supieras cómo lo hago,
poniendo en ello mi juventud tan de guitarra de asesinos,
llena de niños que ofrecen sus labios para ser viento,
para nunca más ser o desangrar sin tu furia.
Digo que si me vieras estar en mis noches
de mutismo, de encierro, deslizándome desde camas
a camas, hacia inútiles olvidos, con las alas
de la destrucción, debidas al amor,
estarías tan contento, casi irreal,
si volvieras al espacio de lo ausente en mi voz,
que hasta dirías
que en esto de amar y morir
he avanzado.
DE NOCHE Y MADRE
Anoche mi madre y yo hablamos.
Descansábamos echadas en su espaciosa
cama. Yo hablaba de mi trabajo,
de lo que veía que pasaba en el país
y de lo que mis compañeros pensaban
que podría pasar pero no pasaría.
Ella fumaba con los ojos cerrados
y me hablaba de su pierna lisiada,
de que a mi edad yo tenía un buen trabajo,
una chispa de suerte que mis hermanos todavía no tenían.
En el fondo de sus palabras
parecía hablarme algo sobre el valor,
algo como “No sé lo difícil que sea para vos
escribir y trabajar en estos tiempos,
pero si es necesario
debes sobornar al sol.
Hay cosas que sólo uno sabe
que no debe dejar de hacerlas”.
Eso me decía a mí misma
que quería decirme mi madre,
mientras me quedaba con los ojos abiertos de ciega
y me imaginaba corriendo con mis poemas
hacia alguna parte.
HACIÉNDOME CARGO
En algún lugar, alguien viaja hacia ti,
viaja día y noche.
ANNE CARSON
Trato de hacer todo con cuidado.
Se me encarga que mantenga la casa en orden
y así lo hago, primero con desesperación, luego sin pensarlo
(sin preocuparme como cuando estoy frente a la luz);
entonces barro las hojas que cubren el patio,
estiro la ropa en cuerdas, cocino, quito el polvo,
atiendo a los capullos de las jardineras de ladrillos:
velo su crecimiento, su raro sueño de puños cerrados.
Asumo mi tarea con sudor y culpa,
pero cuando boto las conservas vencidas por el inodoro,
me quedo allí, parada, por varios minutos.
Es un alivio ver cómo el agua limpia absorbe y se lleva todo.
Descanso increíblemente viendo cómo es succionado
el mal olor de nuestras vidas
y emerge de eso que parecía vómito de niño
una espuma similar a la del mar.
Es difícil estar pendiente de la suciedad, de los restos
que dejamos en los baños, en los platos, en los pasillos,
es como estar levantando lo que el tiempo nos hace a cada minuto
en nuestra intimidad y queda con telarañas en unos rincones.
Realmente es duro, pero cuando veo esa espuma que se ha llevado
lo malo, es para mí como una canción, una que me dará fuerzas
cuando venga la noche
y no tenga otra voz
sino esa con la que contesto el teléfono.
Fábulas de una caída (2007)
En: Pedro Shimose
Poetas del Oriente boliviano. Antología (2011)
Santa Cruz de la Sierra: Fondo Editorial Municipal, 2011, pp. 176, 177-178 y 179-180
(Fuente: Óscar Limache)
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