Mis parientes
fascistas
de todo el pueblo
y de nadie:
confusos, reos,
procaces, vueltos hacia dentro,
bebían, se drogaban,
disparaban al aire,
hacían blanco
con perros y gatos
y alguna oveja
que no les caía bien,
asustaban a los niños,
las doncellas
y entecos,
apaleaban
con sus cachiporras
pegoteadas de sangre seca,
atascaban gargantas
con aceite de ricino,
traían rameras,
fornicaban bajo
el alero de la parroquia,
fisiológicos por doquier;
almorzaban y cenaban
en mesa de cualquiera:
hígado crudo, bofe picante,
cuatro hongos podridos,
según gusto y ocasión,
a los empellones,
retintos, aullantes,
quisquillosos,
digamos una muestra
de su empeño social.
Palmeaban fuerte,
rostro adusto,
alabanciosos lobos,
burlescos,
carcajudos,
a quienes marcaban
para el baño maría
o candidato
para una noche
chupándosela al burro
de Gepu.
De vez en vez,
borrachos de perder,
tolondros fulminantes,
extraviaban
un certificado
del Duce
que en cuatro renglones
y un sello campanudo
los embetunaba
y consagraba
a la acción
y el coraje.
Y pasaban los meses,
y años,
y cada día eran peores.
Esto se ha visto
en Turín,
Reggio Calabria
y Venecia
como así en Siena
y Siracusa
sea en jornadas
llenas de luz,
neblinosas
o francamente detestables.
- Inédito -
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