ADICCIONES
y jugaba a todo, a todo o nada.
Dominaba la frivolidad del arte
(no menor)
de emborracharse con mentiras
y en ellas se vaciaba.
Resentía perder,
ser descubierto,
y en sus urgencias
por beberse la vida
--impaciente y astuto--,
cambiaba de carpeta
con frecuencia,
como el tahúr
que no admite la derrota
de sus trampas.
Amaba (creía amar) la
inevitable
redundancia
de los juegos de palabras.
Siniestro y diestro
en resolver crucigramas,
nunca indagó ni supo
completar el nombre
de aquella mujer,
adicta sin remedio como él
--casilla anónima entre tantas--,
que lo amó
sin decirle palabra.
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