martes, 22 de julio de 2025

Jorge Aulicino (Buenos Aires, 1949 - 2025)

 

Puede ser una imagen en blanco y negro de 1 persona y barba 

 

EL CAPITAL 

 

La muerte intempestiva de Tu Fu era debida
─en ejercicio de su dialéctica─
a la presión del capitalismo que desplaza
dos atmósferas por encima del volumen de su cuerpo.
Lo dijo menospreciando mi tendencia al hematoma,
la raíz de los sonidos como de muebles corridos
durante la madrugada en el piso de arriba
en la orilla del sueño ─pero que, sabía, eran señales
de otros cuartos en ciudades hundidas─
…el volumen total de su cuerpo que abarca Ficino,
los arcos de medio punto, el semicírculo,
la proliferación de marinas, de ideogramas…
“Lo que quiera usted”, dijo.
“Pero le insisto: no debe dedicarse a la poesía
si no está dispuesto a recibir en su centro mental
el peso de la inflación de mercado
y del repliegue táctico que imbrica
guerras, la soledad de un hombre, las conjuras”.
 
 
 

LA OBRA Y SU DOBLE

 

Ser breve, en lo posible
refractaria, de modo de asegurar la permanencia:
requisitos de la imagen publicitaria.
Lo contrario es amor; no va con ello
el tránsito especular a través
del éter, la omnipresencia de la imagen,
venta, reproducción y a la par gratuidad
del objeto en su etapa de propagación como onda.
Pues lo contrario es el amor,
lo que cala el hueso, absorbe; detrito de la obra
en el alféizar.
Cierto. La cagada de la golondrina, el hollín.
Todo lo que ves en el borde gastado de esta ventana.
Caído del cielo. Caído realmente del cielo.
Aquel azul, allá, aquel cuadrado azul.
Jirón de la capa de Apolo, en el que flotan
pasto, plumas y aves, papeles de sentencias.
El dios no espera, arrastra el cielo, cae lo grave,
deja marca lo efímero, el humo, el pájaro, grande
como un tordo, que camina entre los trastos
en ese techo, allá abajo; leve, atento al crujido,
al aire enemigo, al pelo o la garra.
Recodar lo que se dice recordar, sólo
el capricho art noveau, la talladura, el dintel,
el mirar al sesgo en un bar,
la bicicleta atada al poste,
su portaequipaje blanco, cada día
en el mismo lugar, percudiéndose.
Hasta que el aire está percudido
hasta que el aire está gastado;
como están rajadas las veredas
cascados los cordones, patinadas o pulidas
las cortinas metálicas, carteles, vidrieras.
Usado el ámbito, transitado, manchado.
Ruinoso, vital, recorrido por soldadores, ganapanes,
pintores, el barrio.
 
 
 
 

EL PROFETA DE LAS EXPLOSIONES

 

No pienses, dijo el sabio, en las grandes ciudades
arrasadas por la dinamita, pues la tentación
de volarlas implican desde que fueron construidas.
Piensa en que la guerra destruye los barrios,
los barrios de casas pequeñas y salvajes jardines,
de casas grandes y apartadas, también;
casas con arañas, donde la intemperie juntaba
lenta, conmovedoramente, sarro en los vidrios altos,
hongos muertos en la madera, en un trabajo
que creía de siglos.
 
 
 

DEL SENDERO DEL SABIO

 

De la ventana al baño presumimos
al sabio.
El camino entre la pregunta irreducible
al techo cercano
y el alivio
del retrete.
Pero, ¿y si se ha alzado el espíritu
desde las tejas rotas, mohosas,
para decirle la respuesta?
Alcanzada la facultad de junco que piensa,
obtenida la revelación,
aún el retrete, la gárgola inversa,
esperaría su escatológica recompensa,
y desde el fondo de las aguas turbulentas,
El abismo repetiría: inútil,
tus milagros no llenan la bullente cloaca
que demanda más
de ti, de tu molienda de entrañas
diaria,
insuficiente;
resuena en las tuberías,
y corre entre ratas, se disuelve,
cae en el turbión, se vuelve
innombrable como el océano.
Pues esto es, no su reverso.
Interroga, infeliz, los techos, ah
 
 
 
 

ESTACIÓN FINLANDIA

 

"Libertad es la necesidad conocida," Engels
 
Y sobre la precisión, y sobre el armado de aquella relojería
que implicaba vidas en las leyes de la historia, el viento de octubre
rugía. Sabés, no era el nido de la cigüeña ni el jardín de los cerezos
sino su luz, la que, derrumbándose, provocaba el desapego,
otra alienación. Ni de fraguas rojas como el cielo
era el porvenir en los ojos de ciervo de los nuevos obreros.
No era lo que se perdía, no. No lo que se ganaba.
Era todo torvo, metafísico, de uno y de otro lado.
Y sobre aquella vastedad del clima al que se abandonaba todo,
tu dedo desde el camión blindado.
No era el jardín, era su luz;
no era el futuro, sino su hueco.
«¡Todo el poder a los sóviets!», tu dedo.
No ha lugar a semiclimas. Este es el momento,
mañana será tarde, ayer era temprano.
¿Alguno vio que ese momento sagrado de la historia
─lo que va del ayer al mañana─ era cimbreante vértigo?
O algo distinto al vértigo. Un momento de nada. Hablando en rigor,
un momento ahistórico (ni los de arriba ni los de abajo pueden vivir como hasta ahora).
Ciego, entraste en el hueco, sin voces. Y tras de vos, el sóviet.
¿Qué sería ahora de la nueva asamblea? Una torsión en los siglos,
una extrema prescindencia, un cántico vacío, un oratorio, un canon.
A partir de vos, la historia fue irreal. En cierto modo ─en un modo, en el único modo─,
dejó de ser historia. Fue de nuevo el páramo duro de la religión, no humano.
En tus secretas charlas con Hobbes, resolviste la partida de esta forma:
Si los dejamos librados a sus intereses, estos potros desnudos, hambre y fusil,
van a la organización, al gremio, a la palabra hecha objeto: salario, salario.
Nuestra luz, amasada en alguna comarca de la lógica, en un sitio atestado,
revelará el destino que calzaremos como un guante de acero.
No pudo con tu cerebro tu cuerpo tártaro. Paralizado, mudo, dictabas todavía cartas
al Comité Central.
Pero todo había cambiado ya: se organizaba lo rampante según el dictado
de una máquina de acero que era imposible parar.
En los parlamentos europeos se veían las caras, cara a cara,
pero en el sóviet había caras tan despejadas de engaño que apenas conservaban
el color del surco, la rojiza luz de los talleres.
Los hombres no fueron tratados ni como cosas: fueron tratados como ideas.
Y todo el partido, toda la historia, se convirtió en ideológico erial.
Todo fue irreal, y tragó sangre, madres, olores, el silencio sagrado del trabajo.
Coraje, Lenin. Borbotea de nuevo el alcantarillado de la historia.
Estos son hombres, estos son hombres, en las vacías ciudades nuevas.
Habemos hombres y chatarra. Hombres que saben de un modo confuso
de aquel intento de entender, en lucha cuerpo a cuerpo, de qué son objeto.
Millones quedaron allí, en el descampado sin historia, por entender la historia,
por cambiar la historia sin entenderla, por trascender lo vano y lo nuevo.
Millones, por ser en la luz infecunda del cielo.
Millones por vos, por tu dedo señalando lo más privado de historia,
lo nuevo privado de historia: el poder de los sóviets. La libertad.
 
 
 

COMEDIA. INFIERNO, 30

 

No es el Paraíso Perdido, que es solemne de aquí a la China
y no hay un diablo que se le mueva un pelo,
dijo Sologuren mientras ocupaba la banqueta de confesión
en un bar achaparrado sobre alguna colina:
esto lo soñé y me autoriza a hacer público y notorio
mi charla con Sologuren mientras caían mandriles blancos
o cosas parecidas sobre un ángulo tibetano de la ventana.
Sologuren chasqueó los dedos y farfulló y yo le indicaba
que siguiera hablando y él parecía alisar polvo entre el índice y el pulgar
y lo sacudí varias veces y Sologuren calló como una radio.
 
 
 
 

ROJOS

 

• Caballería roja
 
Como alguien que no puede evocar el color del mediodía
tras el vidrio de un restaurante
en el que comió hace unas horas,
pero recuerda los colores de Caballería roja, de Malévich,
emprendimos la salida de muchos lugares, sin quejas.
Ni hendidura en la piedra romana
o cualquier otro detalle
─olor ácido de las estaciones─,
ni paredes del metro
o la mirada de una anciana en Florencia
pudimos guardar.
Arde con fervor sin embargo un recuerdo en la escalera
de un consorcio de la calle Viel.
Trampas de la química del cerebro.
Nomeolvides olvidados.
Cosas secas, ¿para qué?
El hervor
del tiempo licua todo y lo que sobrevive
y emerge ─carga de lejanos jinetes─
es lo que cuenta,
cuando el invierno gotea.
 
 
 

Li PO

 

Li Po no quiso hacer poesía de la corte
cuya proliferación de dorados y rojos lo habrá embriagado.
El innombrable despliegue de artesonados y trajes,
la imposibilidad de memorizar los detalles
de solo un atavío, conducían a la locura.
Fue a la montaña y se encontró con un paisaje
de barcas sobre cristal,
copas que destellaban como los rubíes,
el vuelo de las garzas y el de los sombreros,
la carne que no podía ser dicha,
el espectro de Tu Fu entre los altos pinos que cantaban
una canción irreal.
Bosques y laderas le recordaban
el musgo sobre las piedras
de los jardines imperiales, esa naturaleza en miniatura.
Li Po vio
que no podía escaparse de inverosímiles escenarios,
ni de las artes marciales y el arte caligráfico.
Fingió una perenne borrachera y mezcló elixires,
jamás supo si estaba dentro o fuera de sí,
en qué consistía la lírica.
 
 
 
 

UN POETA DE LA ERA SHÖWA

 

Takahama* vio que todo en el viento era un haiku
pues ─seguramente─
el otoño desprendía cosas de las cosas
como el haiku desprende
musgo de los versos
hasta que vuela la mariposa.
En las Mil Casitas de Liniers viste
una mujer en una ventana y creíste
que se asomaba en un altillo. En la distancia
dirías que era la ventana de un altillo,
pero en todo caso era una ventana alta, anochecía,
las hojas secas no volaban del árbol,
─tal vez no había viento─,
todo estaba inmóvil a punto de haiku.
La ventana se recortó con la silueta de la mujer
madura quizá, íntima y por eso misteriosa
en el ambiente neblinoso de aquel barrio,
desprendida de la continuidad,
como la mariposa de Takahama.
 
* Kyoshi Takahama (1874-1959).
 
 
 

PÁJARO EN LA LLUVIA

 

Posado sobre un cable,
ahora es *invulnerable como los dioses,*
su cuerpo se hizo intrascendente.
* J. L. Borges.
 
 
 

PLEGARIA

 

En ese hueco entre las estrellas donde nada se ve
y habitan sin sustancia muchas Ellas,
guardado por dríades que no entran en él,
resonaría mejor la voz que se dirige al dios, exista o no.
Ese hueco como un cascarón invisible está habitado para vos
por invisibles eucaliptos, árboles fantasma
que ceñían una avenida de circunvalación que hoy es autopista:
más allá de ese límite pusieron unos abuelos sus palos godos,
habitaron cuervos de otro mundo sobre gavillas, sobre sus hombros;
se forjó una clase obrera descendiente del campesinado europeo.
Que nieve siempre sobre la nostalgia de la Lucania
y que caiga almidón y azufre sobre León.
Ahora que todo es Shanghái o transacciones rápidas sobre mostradores que no tienen fin
─en este universo de voces que dicen sin parar Yo pero no
encuentran ecos en sí mismos ni en nada ni en nadie─.
Dios: una silla sola en la vereda.
 
***************
Poemas de El capital. La lírica (Buenos Aires, Barnacle, 2024)
Fuente: Op.cit Poesía 
 
 
(Fuente: Oscar Vicente Conde) 
 

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