PODEMOS IMAGINARNOS UN ELEFANTE SIN TROMPA
Podemos imaginarnos un elefante sin trompa, o dividida en dos mitades,
un cordero pascual que come carne, viva o momia, un garza que deja al príncipe tirado en tierra, una cotorra que recita de corrido a San Pablo, una estrella de mar que vuela desde China a Madagascar.
¿Cómo entonces sería ese bestiario? ¿De amor, religioso, de índole política, castigo y aviso de futuro gobernante?
Lo mismo podríamos hacer con las plantas, con inmensos y heteróclitos lapidarios.
Yo aquí también podría que amaneciera por la tarde, que Dios existiera,
amén, perdón, luego, cuando lleguen los alguaciles en algún domingo de Adviento.
(¡Oh Señor, ayuda a mi incredulidad! –San Marcos 9, 24-)
Podría ponerme, por qué no, la voz en el dorso, las manos en las costillas –al modo de los asideros cerámicos-,
convertir el oro en polvo, el azul cerúleo del cielo en siena tostado.
Y ya está, así es si así lo propongo.
Pues bien, en tal caso mi infancia seguiría ahí, lastre macilento, pergamino del asco.
A su vera aquella tos sobreactuada de mi padre. El nombre de los que me cortaron pelo, alas, hemorragias…
Las convalecencias, los enemigos, el miedo a perder los labios seguirían también ahí.
No está bien, seguro, tanta letra para el mismo catastro, archivo de la debacle, no hablo en broma si digo anales de la catástrofe.
Mi hija sabe de todo esto lo que no está escrito. Tiene hambre, gana de patio y huerto. Me pregunta por las lombrices, por la muerte, por el color de los lagartos.
Yo, claro está, puedo hacerme el valentón, y proponer cambios a destajo.
Pero en el fondo del cajón reposarían similares cosas, las tijeras primitivas, el paraguas del siglo nueve, anterior incluso, la lápida a la espera de mis apellidos: Layna eres y en Layna te convertirás. No hay solución, tan solo continuidad.
Por eso escribo en esta albura sin reglón ni cuadrícula: para arrepentirme, para hacerme el muerto.
ME SIENTO A REZAR COMO QUIEN OYE LLOVER
Me siento a rezar como quien oye llover.
En la deriva poco rumbo, la voluntad en un hilillo de seda y de azar.
¿Me oyes, mamá, oyes cómo bebo el viento?
Me dejo mecer, floto, planeo, no hay pastor ni barquero. La contemplación es para hombres de poco quehacer.
Hay ropa limpia en las transparencias del cielo.
No soy nada, lo que quiera la brisa intacta, desentendida, puesta de largo tras la siesta.
¿Hay alguien ahí?
El ser en la alas húmedas de un retoño de libélula.
VAN Y REGRESAN AL CANALÓN
Van y regresan al canalón. Una vez y una vez más, lamiendo los balaústres de la plaza.
Quisieran estrellarse contra cualquier obstáculo.
Acaparan el atrio, chirrían y se precipitan volátiles.
La fragilidad de la tarde queda sometida a sus dominios.
Los vencejos si paran, mueren.
Mueren la primera vez que tocan suelo, y lo hacen como un Cristo sin cruz.
Discrepo: lo que está quieto, es, y es porque el conato es una propensión, un esfuerzo. Nada más.
Pero por el hallazgo actúo, y en el proceso quedan los errores puntuales, como se deja huella, escuela, heredad, acento en un deseo de permanecer.
Aunque no se haya llegado, tal vez no sea mala idea deshacer equipajes.
La escatología cristiana está demasiado pendiente del futuro. Todo queda aplazado, en trámite de un juicio ulterior. La perfección es una expectativa.
En lo provisional también hay etapas. ¿O no es así? ¿No las hay en la plenitud? ¿Lo completo no tiene partes?
No obedece a ningún designio que algo suceda y algo no. Una cosa ocurre en vez de otra. Eso es todo.
Ha sucedido.
Igual que la escritura, que solo es posible una vez escrita.
Por eso Platón la identificó con la muerte.
El escrito siempre yace, como cuerpo.
El participio, si es pasivo, descifra el mundo.
Y yo leo ahora que alguien cuelga la péñola en la espetera, y cierra el libro con un ”vale”, palabra de plegaria para el difunto.
La escritura sepulta.
Ha tocado el suelo, y ya es, ya es para que en mis manos sea, en estas manos y en este hoy, de nuevo, otra vez, una vez y una vez más.
La memoria podrá identificarme, si permanezco en ella.
La salvación podrá ser un eterno estado, pero la inmediatez, lo que en este instante celebran los vencejos, lejos del pavimento, esa inmediatez clausura este poema con un punto y final. Como todo, ha tocado suelo, ha caído y en consecuencia acaba.
Es tu turno.
Poemas de "Y una sospecha como un dedo" 2015
Fuente: AErea Revista Hispanoamericana de
Poesía
(Fuente: Oscar Vicente Conde)
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