Ancestro:
y me detuve. Su perfil contra las cortinas
era viejo y sombrío como el de un ave de presa.
Fue su forma de posarse en el taburete,
mirando ensimismada, aferrando con una mano
la valla que rodeaba el escritorio
—o la cabeza inmovilizada por algo en su interior.
Y sin importarle nada ni nadie a su alrededor
allí, junto a los estantes.
Percibí un aroma tenue, almizclado y extraño.
Debí haber hecho algún ruido —dejó de mecerse
y cerró el puño en el regazo—; entonces se levantó,
bajó la tapa del escritorio y giró la llave.
Deslizó una pequeña botella debajo del delantal
y vino hacia mí, oscureciendo el pasillo.
Ancestro… entre cajas de dulces y frutas.
Su negro corazón…
¿Fue aquello un suspiro?
—rozándome al pasar en la penumbra,
el delantal recogido, atravesando las cortinas rojas
del lavadero hacia el cuarto de atrás.
(Fuente: Bajo la sombra del tiempo)
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